A través de la predicación del pastor David Jang, reexaminamos el verdadero significado del Padre Nuestro y la visión del Reino de Dios. Descubra, con una mirada teológica profunda, la misión del “arquitecto santo” y la esperanza escatológica contenidas en la súplica: “hágase tu voluntad… así en la tierra como en el cielo”.
Al
caminar por las calles de Barcelona, España, uno se encuentra con una obra
arquitectónica extraña y majestuosa, tan sobrecogedora que cuesta creer que
haya sido levantada por manos humanas. Es la obra maestra inacabada de Antoni
Gaudí: la Sagrada Familia (Templo Expiatorio de la Sagrada
Familia). Al diseñar esta basílica, Gaudí no quiso construir un edificio más;
quiso grabar en cada piedra una confesión de fe y plasmar en la tierra una
“Biblia hecha de piedra”. Que, después de más de 140 años, el templo siga aún
en construcción proclama elocuente y poderosamente cuán intenso y sublime es el
proceso por el cual la perfección del cielo se va encarnando sobre esta tierra
imperfecta. A menudo anhelamos sólo el cielo ya consumado e intentamos ignorar
la realidad del suelo que pisamos; pero la fe verdadera se encuentra en el
sudor santo de llevar en las manos el plano del cielo y, con paciencia, ir
labrando las piedras ásperas de esta tierra.
La
predicación del pastor David Jang (Olivet University) nos
ofrece precisamente una penetrante visión teológica sobre esta “construcción
santa”. La frase central del Padre Nuestro —“Venga tu reino; hágase tu
voluntad, así en el cielo como en la tierra”— no es una fórmula religiosa
ni un conjuro piadoso. Es una declaración monumental sobre cómo debe mirar y
vivir la historia y la realidad quien ha sido salvado; es, además, un hito que
orienta toda la vida.
Como
los ojos de un centinela que espera la estrella del alba
¿Hacia
dónde se dirige nuestra oración? El pastor David Jang insiste en que, desde el
inicio del Padre Nuestro —“Padre nuestro que estás en los cielos”—
debemos clarificar con nitidez el destinatario de nuestra oración y la
naturaleza de la relación. Mientras tantas religiones del mundo elevan súplicas
a un objeto difuso o incluso a elementos de la naturaleza, nosotros disfrutamos
el privilegio de llamar “Padre” al Dios vivo y personal. Esto
presupone la unión misteriosa y la intimidad de la que Jesús habla en el
Evangelio de Juan: “Yo en vosotros, y vosotros en mí”.
En
esa intimidad descubrimos el primer propósito de la vida: “Santificado sea
tu nombre”. En contraste con la miseria de un preso al que se le arrebata
el nombre y se le reduce a un número, el creyente encuentra el valor de su
existencia al glorificar el nombre de Dios. La fuerza para no pecar
y guardar la santidad incluso en lo secreto, cuando nadie mira, nace de esa
carga santa: mi vida sostiene el honor de Su nombre. Cada respiración y cada
campo de servicio deben convertirse, en definitiva, en un lugar de adoración
para Él.
Una
ciudad santa edificada sobre una tierra áspera
Lo
más sobresaliente del sermón se despliega en la expansión hermenéutica del
concepto del Reino de Dios. El pastor David Jang ofrece una
observación sugerente a partir de diferencias de traducción en Biblias en
inglés. Mientras la versión King James (KJV) expresa “in
earth”, subrayando una expansión interna e inmanente del Reino de Dios que
se infiltra por todas partes como la levadura, la NIV utiliza
“on earth”, que sugiere una imagen arquitectónica e
incluso ingenieril: algo que se va construyendo visiblemente
“sobre” la tierra. Esto apunta a que el fruto que debemos producir aquí no
puede quedarse en lo abstracto, como mera idea o emoción religiosa.
Algunos
sostienen que, como el mundo se corrompe cada vez más, todo esfuerzo en la
tierra es inútil. Otros, en el extremo opuesto, creen que el ser humano puede
edificar una utopía sólo con su propio esfuerzo. Sin embargo, el equilibrio
bíblico no se ubica en un simple punto medio entre ambos extremos, sino en un
misterio que los abarca a los dos. Como enseña la Segunda Carta de
Pedro, sin perder la tensión escatológica de esperar “cielos nuevos y tierra
nueva”, también debemos edificar el Reino de Dios en el tiempo
llamado “hoy”. Fundar universidades, levantar bibliotecas y abrir campos
misioneros mediante acciones concretas es, en sí mismo, el proceso de demostrar
con la vida la oración: “hágase tu voluntad… en la tierra”. En ese
sentido, nuestra vocación toca el mismo impulso de Gaudí, quien talló piedra
tras piedra durante toda su vida para revelar la gloria de Dios.
El
hoy donde se encuentran el perdón de ayer y la esperanza de mañana
El
evangelio verdadero no es evasión, sino transformación. En su predicación,
David Jang nos recuerda que no somos personas con una “visión cíclica” de la
historia, sino con una visión lineal: creación, caída y,
finalmente, restauración. Como el centinela que sabe que cuanto más oscura se
vuelve la noche, más cerca está el amanecer, nosotros debemos estirar el cuello
y anhelar el Día del Señor. Esa expectativa ardiente (Earnest expectation)
se convierte en la fuerza motriz que nos impulsa a una conducta santa y a una
vida piadosa.
El
Padre Nuestro no se queda en grandes discursos: desciende a lo cotidiano. En
esta breve oración conviven el presente —pedir el pan de cada día—, el pasado
—cerrar nudos mediante el perdón— y el futuro —rogar no caer en tentación—. En
particular, si no resolvemos las heridas del pasado y los conflictos
relacionales mediante el perdón, no podremos avanzar ni un paso.
Limpiar el pasado como quienes han recibido gracia, colocar hoy los ladrillos
de la misión que nos ha sido dada y afirmar con certeza la victoria futura del
Dios que nos libra del mal: esa es la postura del creyente que “vive” el Padre
Nuestro.
Ahora
no debemos titubear, sino proclamar: “hágase tu voluntad, así en el cielo
como en la tierra”. Esta confesión tiene que hacerse realidad sobre la
“tierra” concreta de nuestro hogar, nuestro trabajo y nuestro campo misionero.
Tal como subrayó David Jang, necesitamos una fe arquitectónica e
incluso ingenieril, capaz de reparar lo derribado y de construir
una esperanza nueva, entregando nuestras manos y nuestros pies. Sobre la tierra
roja de África, en la pasión de Sudamérica y en cada suelo que pisemos, anhelamos
que la voluntad del cielo se levante firme como una ciudad bien cimentada.
Porque la oración comienza e
davidjang.org


















