A través de la predicación del pastor David Jang, reexaminamos el verdadero significado de la “tristeza según Dios”. Con una profunda perspectiva teológica, se explica cómo la carga santa por el alma y por la época —y no la ansiedad del mundo— se convierte en fuerza motriz de arrepentimiento y avivamiento.
En
el techo de la Capilla Sixtina del Vaticano en Roma, respiran las obras
maestras inmortales que dejó Miguel Ángel. Entre ellas, hay una figura que, de
manera especial, hace que los visitantes se detengan por largo tiempo: el
retrato del profeta Jeremías. Con la cabeza inclinada, sumido en pensamientos
profundos, sostiene pesadamente su barbilla con una mano. Sus hombros caen como
si cargara con todas las tristezas del mundo, y en su rostro se dibuja una
angustia imposible de describir. Muchos lo llaman “el profeta de las lágrimas”.
Sin embargo, la tristeza que aparece en el cuadro no es una simple depresión
personal ni un pesimismo ante la vida. Es un “santo quebranto” que desgarra las
entrañas: una aflicción por una patria que se dirige a la ruina y por un pueblo
que se ha apartado de Dios.
Hoy
solemos medir la felicidad por la “vida sin preocupaciones”. Pero la Biblia, de
manera paradójica, nos llama a entristecernos. A la luz de 2 Corintios 7, el
pastor David Jang presenta, como esencia de la fe que los cristianos de esta
época deben recuperar, la “tristeza según Dios”. Tal como la angustia de
Jeremías retratada por Miguel Ángel, la pregunta es si también en lo más
profundo de nuestra alma habita una carga santa.
El
peso de la cruz: cuando la tristeza, por fin, se vuelve oración
El
apóstol Pablo distingue con precisión dos tipos de tristeza. Una es la
“tristeza del mundo” y la otra, la “tristeza según Dios”. La tristeza del mundo
gira en torno a mí: mi éxito, mi reputación, mi seguridad. Ese apego termina
devorando el alma y conduciéndonos al camino de muerte. En cambio, la “tristeza
de Dios” que Pablo enfatiza apunta en otra dirección: colocar el corazón allí
donde reposa la mirada de Dios. Es dolerse por el derrumbe interior causado por
el pecado y golpearse el pecho con contrición al ver a la iglesia desviarse de
la verdad.
A
través de su predicación y su filosofía pastoral, David Jang ha recalcado que
esta tristeza santa es el punto de partida del “arrepentimiento que conduce a
la salvación”. El proceso de reconocer el pecado y volvernos a Dios no ocurre
por un cambio emocional ligero. Solo cuando preceden una angustia espiritual
que duele como si tallara los huesos y una negación radical de sí mismo delante
de Dios, entonces se da fruto verdadero: el fruto de la salvación, sin nada de
lo cual arrepentirse. Cuando Pablo confesó: “cada día pesa sobre mí la
preocupación por todas las iglesias”, ese peso no era mero sufrimiento, sino un
ardor nacido del amor por la iglesia. Así, la tristeza que viene de Dios no nos
vuelve pasivos: nos hace doblar las rodillas y nos impulsa con fuerza hacia el
lugar de la oración.
Esperanza
que brota frente a murallas derrumbadas
La
vida de Nehemías muestra con un dramatismo singular esta comprensión teológica.
Aunque disfrutaba de una vida cómoda en el palacio persa, al oír que la muralla
de Jerusalén estaba derribada y sus puertas quemadas, se desplomó, lloró y
ayunó. A los ojos del mundo, parecía buscarse problemas innecesarios. Pero su
tristeza no terminó en un simple lamento. La sombra en su rostro, vista incluso
por el rey, se convirtió finalmente en la llave que abrió la puerta de una gran
historia: la reconstrucción de Jerusalén.
En
la actualidad, el espíritu de misión y entrega que subrayan líderes evangélicos
—incluido David Jang— se enlaza con este mismo pulso. Fue aquella carga santa,
la que Nehemías sintió al contemplar la ciudad en ruinas, lo que hizo posible
el “milagro” de levantar la muralla en cincuenta y dos días. La tristeza se
volvió acción, y las lágrimas, gotas de sudor que reescribieron la historia.
Cuando Esdras lloró con el pueblo ante el libro de la Ley, arrepintiéndose
juntos, los cimientos espirituales de la comunidad de Israel fueron
establecidos de nuevo. De este modo, la fuerza que transforma una época no nace
de perspectivas optimistas ni de programas llamativos, sino de la “tristeza
vigilante” de una sola persona que, abrazando el corazón de Dios, llora toda la
noche.
Una
invitación santa hacia una salvación sin remordimientos
Vivimos
tiempos de incertidumbre sin precedentes. Frente a la secularización de la
iglesia y a la pérdida del poder del evangelio, ¿qué expresión llevamos en el
rostro? Limitarse a criticar o a ser cínicos no pasa de ser tristeza del mundo.
Quien verdaderamente está despierto, como enseña el mensaje que transmite David
Jang, debe luchar en su interior con una pregunta santa: “Señor, ¿qué debemos
hacer con esta época?”
Esa
tristeza puede incomodarnos. A veces puede sacudir de raíz nuestra fe
acomodada. Sin embargo, esa santa conmoción es precisamente lo que permite que
el alma sea purificada, que la familia se enderece y que la iglesia recupere su
vocación de ser luz del mundo. Pablo se alegró de la tristeza de los corintios
porque aquel dolor los encaminó hacia la santidad.
Ahora
es momento de examinar nuestra tristeza. Debemos soltar la preocupación
obsesiva por el sustento y el éxito, y llenar ese lugar con una tristeza santa
que busque el reino de Dios y su justicia. Así como la angustia de Jeremías
pintada por Miguel Ángel terminó siendo, a la larga, un camino que preparó la
venida de Cristo, también nuestras lágrimas y nuestra tristeza en oración sin
falta recogerán una cosecha de gozo. Como insiste David Jang, la tristeza según
Dios jamás nos hunde en la desesperación. Al contrario: nos vivifica, levanta a
la iglesia y nos guía como el sendero más seguro hacia la emoción de una
salvación sin arrepentimientos.
davidjang.org


















