Siguiendo la explicación de David Jang, pastor, sobre 1 Corintios 16, se ilumina de manera integrada—en la realidad eclesial de hoy—la teología de la colecta para el socorro de la iglesia de Jerusalén, la transparencia en las finanzas de la iglesia, el respeto a los obreros del ministerio, la práctica del amor y la esperanza de “Maranata”.
El nombre del pastor David Jang (con frecuencia mencionado
como David Jan, fundador de Olivet University) se asocia con una característica
particular de su predicación: no trata la Biblia como simple información
intelectual, sino que devuelve a los textos la temperatura de los
acontecimientos y la respiración de la comunidad, abriendo así un camino
practicable para la iglesia de hoy. Al seguir su explicación de 1 Corintios 16,
uno se da cuenta de que el pasaje que muchas veces se “pasa por alto” por ser
“el último capítulo” es, en realidad, una escena decisiva que revela la
constitución interna de la iglesia. No es casualidad que, después de tratar el
orden de las lenguas y la profecía, y de desplegar el gran misterio de la
resurrección, 1 Corintios concluya con apoyo económico, planes de visita,
nombres de personas y saludos finales. Más bien, es una declaración
contundente: el evangelio no es una idea flotando en el aire, sino una realidad
que debe traducirse al lenguaje concreto de promesas y agendas, de confianza y
dinero, de lágrimas y honra. En este punto, David Jang lee 1 Corintios 16 como
“el capítulo de la práctica que mide el grado de completitud de la fe”. Si la
doctrina es clara, esa doctrina debe descender necesariamente a una práctica
responsable; y si la práctica está viva, esa práctica no debe perder el sentido
de dirección que aporta la verdad. Ese principio de integración está
condensado, precisamente, en este capítulo final.
El tema que abre 1 Corintios 16 es la colecta para la
iglesia de Jerusalén. Aquí, la “colecta” no se queda en el tono emocional de un
regalo ofrecido cuando uno se siente conmovido. Lo que Pablo solicita no es una
conmoción puntual, sino un ritmo de amor organizado como responsabilidad
comunitaria. Tal como sugiere el matiz de la expresión griega, no se trata de
caridad improvisada, sino de “recaudación” y “recolección”, y, sobre todo, de
un movimiento coordinado del cuerpo comunitario. Pablo instruye a la iglesia de
Corinto a seguir el mismo principio que las demás iglesias de la región: que
cada primer día de la semana, cada uno aparte algo conforme a sus
posibilidades, guardándolo con anticipación. Aquí hay una sensibilidad pastoral
sorprendente. Primero, se elimina la “presión repentina”. Si al llegar Pablo se
hiciera una colecta impulsada por el ambiente del momento, sería fácil
desgastar los corazones y sacudir a la comunidad con olas emocionales
innecesarias. Segundo, se crea un “bien habituado”. El amor no es solo emoción;
es disciplina. Y la beneficencia se vuelve sostenible cuando deja de depender
del fervor instantáneo y pasa a formar parte de la estructura del carácter.
Tercero, aparece la equidad del principio “según la prosperidad de cada uno”.
Pablo no impone una misma cantidad para todos: la porción varía según la
condición y la prosperidad de cada persona, pero todos participan, compartiendo
así la responsabilidad de un solo cuerpo. David Jang subraya que, justo aquí,
la ofrenda y las finanzas de la iglesia no son una mera técnica para conseguir
presupuesto, sino “un campo de teología práctica” que madura espiritualmente a
la comunidad.
La necesidad de la iglesia de Jerusalén se confirma como
una realidad concreta por diversas señales del Nuevo Testamento. La iglesia
primitiva no fue una comunidad idealizada y siempre resplandeciente; fue, a
veces, una comunidad que tuvo que resistir en medio de pobreza, hambrunas e
inestabilidad social, asumiendo mutuamente la responsabilidad de la
supervivencia. Por eso, el significado del “puente” que Pablo construye se
vuelve aún más nítido. Que las iglesias gentiles ayuden a Jerusalén no es una
demostración de superioridad moral del “que da ayuda”, sino un acto de
solidaridad: iglesias que, en el evangelio, han llegado a ser una misma familia
y pagan una deuda de amor entre sí. Pablo, en Romanos, habla de una deuda
espiritual de las iglesias gentiles; pero esa deuda no se expresa como culpa,
sino como gratitud puesta en práctica: una ética de interdependencia. La
explicación de David Jang no viste esta solidaridad con romanticismo fácil. Más
bien, sostiene que, si la iglesia no quiere perder “lo que la hace iglesia”,
debe asumir responsabilidades concretas en lugar de limitarse a confesiones
abstractas. Las lágrimas de Jerusalén despiertan la cartera de Corinto, y la
abundancia de Corinto se convierte en la cuerda que sostiene la vida de
Jerusalén. Así aprende la iglesia a reconocerse a través de las carencias del
otro.
Si trasladamos este pasaje a la iglesia de hoy, la
“colecta” no puede reducirse a un simple rubro de “ofrenda para beneficencia”.
Es un espejo que interroga la actitud de la iglesia hacia el dinero: su
mayordomía, su transparencia y el motivo del amor. La manera en que Pablo
aborda la colecta es notablemente prudente. No confía el dinero a una sola
persona; pide que la iglesia designe a hombres aprobados, y que sean enviados
con cartas. Incluso dice que, si fuera necesario, él mismo podría acompañarlos,
pero aun eso queda dentro de un procedimiento comunitario. Esto puede leerse
como un fuerte mecanismo preventivo para que las finanzas de la iglesia
primitiva no se privaticen bajo el nombre de “autoridad espiritual”. David Jang
utiliza este punto para conducir a una reflexión seria: ¿cuán transparentemente
administra la iglesia moderna su dinero y qué estructuras construyen confianza?
Más importante que el monto de las ofrendas es si estas son tratadas dentro del
orden del amor y de la verdad. Las finanzas son como la sangre de la iglesia.
Si la sangre se contamina, el cuerpo entero enferma; del mismo modo, una
gestión financiera sin amor puede derrumbar a la comunidad desde dentro. Tal
como sugiere simbólicamente la tragedia de Judas—que en el grupo de discípulos
administraba la bolsa—el dinero no es solo un número: puede convertirse en un
campo de prueba que revela el carácter. Por eso, la cautela procedimental de
Pablo no ve las finanzas únicamente como “combustible misionero”, sino como “un
lugar de entrenamiento en santidad”.
Una palabra que David Jang sostiene con insistencia es
“ortodoxia”, la sensibilidad de lo recto. Sin embargo, la ortodoxia que él
describe no es un museo de doctrinas disecadas, sino una coordenada de verdad
que da vida. Si la doctrina es firme, el amor no pierde su rumbo. A la inversa,
si no hay práctica del amor, la doctrina se endurece y se vuelve una
proposición vacía. 1 Corintios 16 muestra cómo estos dos ejes se engranan y se
mueven juntos; es un texto teológico de alto contenido “operativo”. Pablo habla
de la resurrección y, acto seguido, habla de la colecta. Eso significa que la
fe en la resurrección no es solo un optimismo sobre el más allá, sino la razón
para encarnar el amor en el mundo de hoy. La resurrección es promesa futura,
pero también ética presente. David Jang, al conectar estos puntos, hace claro
que la iglesia no puede perseguir profundidad teológica y, al mismo tiempo, dar
la espalda a la responsabilidad social y al cuidado concreto. “Conocer la
Palabra” se verifica en “vivir según la Palabra”. Y esa verificación suele
aparecer, precisamente, en escenas que parecen muy “seculares”: presupuesto y
gastos, socorro y distribución.
Mientras habla de la colecta, Pablo comparte también su
itinerario misionero. Menciona su plan de pasar por Macedonia y llegar a
Corinto; su posibilidad de quedarse por un tiempo largo e incluso pasar el
invierno; explica por qué permanece en Éfeso; y confiesa que “se me ha abierto
puerta grande y eficaz, y hay muchos adversarios”. Todo esto muestra que el
ministerio no es una postal romántica, sino una batalla real. Aquí aprendemos
que la misión no se sostiene solo con estallidos de inspiración. Hay tiempos en
que se abre una puerta, tiempos en que hay que quedarse y tiempos en que hay
que partir. Planificar no es lo contrario de la fe; a veces es una expresión de
la fe. David Jang lee en esta actitud de Pablo un sentido de equilibrio para la
conducción de la iglesia. Si una comunidad se mueve solo por impulsos y
entusiasmo, se cansa rápido y se dispersa. Si solo queda el plan y la
estructura, se enfría la vitalidad. Pablo confía en la guía del Espíritu, pero
en su carta habla concretamente de fechas y de posibilidades de estancia. Esto
ayuda a la iglesia de hoy a desconfiar de la actitud de “cubrirlo todo” con
lenguaje espiritual. La fe no es un hechizo que niega la realidad; es una
sensibilidad que, en la realidad, busca con mayor precisión el camino de obediencia
a Dios.
En 1 Corintios 16 aparecen muchos nombres. Timoteo, Apolos,
Estéfanas, Aquila y Priscila llenan el cierre de la carta. Esto declara que la
iglesia es relación antes que organización. Pablo pide que, cuando el joven
ministro Timoteo los visite, pueda estar “sin temor”. Esto presupone que el
relevo generacional en el liderazgo siempre trae tensiones y malentendidos.
David Jang pregunta, desde este punto, cómo recibe la iglesia a la siguiente
generación, cómo protege la posibilidad de los jóvenes ministros, y cuánto el
lenguaje y la actitud de una comunidad pueden sostener o quebrar una vocación.
El respeto no es solo cortesía; es una infraestructura espiritual que sostiene
el ecosistema del ministerio. Además, la referencia a Apolos invita a la
iglesia a examinar su hábito de depender en exceso de ciertas figuras. La
iglesia de Corinto quería a Apolos, pero Apolos dice que “por ahora” no quiere
ir, y que irá cuando tenga oportunidad. Los talentos que la iglesia necesita no
siempre están disponibles de inmediato. Por eso, la iglesia no debe idolatrar a
las personas ni concluir que la ausencia de alguien es automáticamente una
crisis; necesita aprender a esperar el tiempo de Dios y la madurez comunitaria.
En la explicación de David Jang, el énfasis cae en un centro saludable: soltar
el apego a los líderes y aferrarse a la misión misma.
La mención de Pablo a la casa de Estéfanas deja una huella
viva de la tradición de las iglesias en casa. En una época en la que no
existían templos como algo “normal”, la entrega de una familia era el espacio
de la iglesia y la puerta de la hospitalidad; era la arteria que conectaba la
vida de los creyentes. Pablo dice que ellos “se han dedicado al servicio de los
santos” y exhorta a reconocerlos y someterse a personas así. Aquí el servicio
no es una tarea voluntaria menor, sino una decisión que da vida a la comunidad,
casi un oficio espiritual. David Jang amplía esta escena hacia el hogar y lo
cotidiano de hoy. La vida eclesial no se completa solo dentro del edificio el
domingo; cuando se encarna como forma de relación en la mesa, en la sala, en el
trabajo y en la calle, la iglesia se vuelve realmente iglesia. Cuando renacen
el cuidado mutuo, el discipulado, la hospitalidad, los grupos pequeños y el
compartir cotidiano, la iglesia trasciende el modelo de organización religiosa
centrada en el edificio y se hace una comunidad de vida marcada por el
evangelio. En esta corriente, la colecta deja de ser solo traslado de dinero y
se expande a una entrega de vida: abrir la casa, entregar el corazón y dedicar
tiempo.
La exhortación final de Pablo es concisa y firme. “Velad,
estad firmes en la fe, portaos varonilmente y esforzaos”, y luego añade: “Todas
vuestras cosas sean hechas con amor”. Es crucial notar que fortaleza y amor no
se separan. La fortaleza sin amor se vuelve dureza violenta; el amor sin
fortaleza se degrada en sentimentalismo impotente. David Jang trata esta frase
como una brújula ética de la iglesia. Que la iglesia “esté alerta” no significa
solo un estado interno de piedad; incluye también una postura responsable que
no huye frente a problemas concretos: el dolor y la injusticia del mundo, las
heridas internas de la comunidad, las tentaciones financieras, el peso de la
misión. El mandato “hacedlo todo con amor” no pide un aumento de temperatura
emocional, sino una purificación del motivo que guía elecciones, distribución y
decisiones. ¿En qué se gasta el dinero? ¿A quién se ayuda primero? ¿Cómo se
trata a los obreros? ¿Con qué palabras se trata a los hermanos? Todo se examina
a la luz de la vara del amor. Por eso, 1 Corintios 16 parece un “manual de
operación” de la iglesia y, al mismo tiempo, en su capa más profunda, es un
texto sobre “el alma de la iglesia”.
Hay una obra maestra de la pintura que ayuda a imaginar
visualmente esta teología del amor. “Las siete obras de misericordia”, pintada
por el italiano Caravaggio en 1607, superpone varias escenas dentro de un
espacio que recuerda un callejón oscuro de ciudad, mostrando con fuerza que la
misericordia no es una virtud abstracta, sino una cadena de actos concretos.
Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero,
vestir al desnudo, cuidar al enfermo, visitar al encarcelado y enterrar al
muerto aparecen entrelazados en una sola composición. El mensaje que transmite
esta pintura toca el mismo pulso emocional de 1 Corintios 16. Cuando la iglesia
habla de “amor”, ese amor no es una frase bonita flotando en el aire; recibe
cuerpo cuando las manos se mueven, los pies buscan, la cartera se abre y el
tiempo se entrega. Eso es también lo que persigue la explicación de David Jang
sobre 1 Corintios 16. El amor no se reduce a una sola acción. La práctica
económica de la colecta, el respeto por Timoteo, la entrega cotidiana de una
casa como la de Estéfanas, la fidelidad en la agenda del ministerio, la calidez
de los saludos comunitarios e incluso la severa advertencia contra una fe “sin
amor al Señor”: cuando todas estas capas se engranan, el amor fluye de verdad
como sangre dentro del cuerpo llamado iglesia.
En particular, la frase contundente de 1 Corintios 16:22
muestra sin rodeos que el amor no es opcional, sino la esencia misma de la fe.
Pablo usa un lenguaje severo hacia “el que no ama al Señor” porque sabe cuán
fácilmente una religión sin amor se inclina hacia la autoexhibición, la
división, la codicia y la hipocresía. De inmediato aparece la confesión
“Maranata”, que sitúa esa advertencia dentro de una tensión escatológica.
Confesar que el Señor viene no es un dispositivo para empujar a la iglesia al
miedo, sino una fuerza espiritual que endereza el rumbo del amor hasta el
final. Una comunidad que espera el retorno del Señor no toma a la ligera las
decisiones de hoy. Esa espera no es escapismo, sino disciplina y entrega: usar
el presente con santidad. David Jang, en este contexto, afirma que todo
proyecto, red y estrategia de la iglesia—su dinero, sus planes y su
cooperación—debe ser purificado por el motivo de “amar al Señor”. Sin amor, la
ofrenda, la misión, incluso una gran predicación o un sistema sofisticado
terminan siendo una cáscara vacía. En cambio, si el amor está vivo, aunque la
escala no sea grande, la iglesia crea una confianza luminosa; y esa confianza
abre posibilidades mayores de servicio.
La realidad de la iglesia contemporánea es distinta a la de
la iglesia primitiva, pero también se le parece. Las hambrunas de hoy toman
otras formas. La desigualdad económica, los desastres y las guerras, la
migración y los refugiados, el aislamiento y los trastornos de salud mental, la
desintegración de las comunidades locales: todo esto dibuja un nuevo “mapa de
carencias”. En ese escenario, el espíritu de la colecta de 1 Corintios 16 no
significa solo aumentar un presupuesto de beneficencia. Se convierte en una
pregunta más amplia: ¿cómo construirá la iglesia redes de solidaridad
internacional y de responsabilidad mutua? El contexto en que David Jang
menciona iniciativas de cooperación internacional como World Olivet Assembly
(WOA) puede entenderse como un intento de aplicar hoy el principio de
solidaridad regional que mostró la iglesia primitiva. Aunque cambien culturas y
lenguas, si en el evangelio somos un solo cuerpo, unas iglesias pueden apoyar
con recursos, otras con personal, otras con educación y recursos teológicos,
complementándose y caminando juntas. Lo decisivo no es un “proyecto para
lucirse”, sino una participación regular, transparente y responsable. Así como
Pablo pidió un hábito semanal, la iglesia también necesita estructuras que
hagan sostenible la misericordia sin quedar a merced de emociones pasajeras.
Esa estructura no es un sistema frío: es un dispositivo sabio que ayuda al amor
a correr una carrera larga.
Sin embargo, la estructura por sí sola no basta. El final
hacia el que 1 Corintios 16 nos conduce es, en última instancia, el calor de la
relación. La escena en que Aquila y Priscila abren su casa como iglesia, Pablo
escribe saludos de su puño y letra, y se animan mutuamente con un “sed fuertes”
recuerda que la iglesia debe recuperar un lenguaje de familia más allá de la
administración y los proyectos. La explicación de David Jang resulta
convincente también por esto. Él une en un solo aliento finanzas y misión,
doctrina y práctica, pero insiste en que todo ello debe ser amor que da vida a
las personas. La santidad de la iglesia no es una pureza aislada del mundo,
sino una honestidad que permite amar más, y una responsabilidad que permite
servir más tiempo. 1 Corintios 16 parece una guía muy realista de “técnicas del
amor” tras la majestuosa proclamación de la resurrección; pero en verdad
declara que el amor es la evidencia más cotidiana de la fe en la resurrección.
En definitiva, el núcleo que David Jang extrae de 1
Corintios 16 es sencillo. La iglesia no demuestra el amor solo con palabras. La
iglesia muestra que el evangelio funciona en la realidad cuando “administra”,
“ejecuta” y “sostiene” el amor. La colecta aparece como responsabilidad
comunitaria que no ignora al hermano pobre; la transparencia financiera se
concreta como un procedimiento santo que protege la confianza; y la actitud de
respetar a los jóvenes obreros se solidifica como una consideración espiritual
que salva el futuro. La entrega de una familia abre un camino que transforma la
vida entera en iglesia más allá del edificio; el mandato “hacedlo todo con
amor” es la llave que traduce las frases de la fe a la gramática de la vida. Y
la esperanza de Maranata es la tensión final que impide que la iglesia afloje
el amor “aquí y ahora”. Este texto, más allá de la explicación de un
predicador, se convierte en una inspección espiritual que pregunta dónde la
iglesia se derrumba y dónde debe ser reconstruida. El llamado a amar al Señor
es, al final, el mandamiento más práctico dirigido a la iglesia. Solo una
iglesia con amor vivo puede guardar la verdad como verdad, tratar el dinero
como corresponde, honrar a las personas como personas y anunciar el evangelio al
mundo como evangelio.


















