A partir del mensaje sermónico del pastor David Jang, se reinterpreta Marcos 14:32–42 (la oración en Getsemaní) como una meditación de Cuaresma, iluminando con profundidad la confianza de “Abba, Padre”, el llamado discipular a “velar y orar”, y la soledad de la cruz junto con el acompañamiento.
El aire de la Cuaresma siempre es
denso. En el instante en que, sobre el calendario, aparece la expresión “Semana
de la Pasión”, nuestra fe vuelve a ser invitada a un lugar más hondo. Que el
pastor David Jang (fundador de Olivet University) haya querido volver a
contarnos Marcos 14:32–42 —la oración en Getsemaní— con el marco de “caminar
con Cristo” se entiende precisamente porque capta la naturaleza de esa
invitación. Getsemaní no es solo el escenario trágico que remata la última
noche de Jesús; es un lugar como de “prensa del alma”, donde se revela de una
vez: de qué está hecha la resistencia de la fe, con qué lenguaje se completa la
obediencia, y cuán frágil es, en la práctica, el discipulado.
Un punto de partida llamativo es el
Evangelio de Juan. La oración de Getsemaní, común a los Evangelios sinópticos
(Mateo, Marcos y Lucas), no aparece en Juan como relato. El pastor David Jang
lee ese vacío no como una simple omisión, sino como una diferencia de enfoque
con la que Juan contempla la cruz. En efecto, Juan recoge con hondura, tras la
última cena, el largo discurso de despedida y la oración intercesora de Jesús
(Jn 13–17) y pasa de inmediato a la escena del arresto, colocando en primer
plano la iniciativa y la dignidad regia de Jesús. En esa línea, no es que no
exista ninguna conmoción interior, pero Juan no repite narrativamente “las tres
luchas” de Getsemaní; más bien lo condensa de otra forma con una confesión
como: “Ahora está turbada mi alma… ¿Diré: ‘Padre, sálvame de esta hora’? Pero
para esto he llegado a esta hora” (Jn 12:27), presentando el temblor y la
decisión ante la cruz en un formato comprimido.
Sin embargo, es claro por qué el pastor
David Jang insiste en llevarnos al Getsemaní de Marcos. Para que no olvidemos
que los pasos de Aquel que “decidió” ir a la cruz no avanzaron como una máquina
trascendente sin emoción ni dolor. Getsemaní testimonia, con el color más
humano, que el amor no se sostiene solo con determinación: atraviesa lágrimas y
clamor. Aquí encontramos a Jesús “muy afligido” y “angustiado”. Esa expresión
destapa una verdad que la religiosidad a menudo quisiera esconder. La fe no es
un rostro impasible de acero; es una elección que no huye aun llevando temblor
dentro. Y esa elección solo se mantiene en forma de “oración”.
El propio nombre “Getsemaní” ya es
símbolo. La Britannica explica el significado de Getsemaní
como “prensas de aceite”, es decir, oil presses. Para
que la aceituna llegue a ser aceite, necesita presión. El fruto conserva su
forma y ya es fragante, pero el aceite que guarda por largo tiempo esa
fragancia y esa luz brota tras un tiempo de trituración. Por eso el pastor
David Jang se detiene en la traducción de “lagar/prensa de aceite”: Getsemaní
no es el lugar donde Jesús recibe una unción triunfal para ser proclamado rey
entre ovaciones, sino el lugar donde la autoridad del Rey se depura en
obediencia de cruz, donde el aceite del amor se exprime en la presión del
sufrimiento.
Además, esa noche es la noche de la
Pascua. Cuando Jesús y los discípulos dejan atrás la Jerusalén elevada donde
está el templo, cruzan el valle de Cedrón y se dirigen al Monte de los Olivos,
bajo sus pies debió de correr la historia del sacrificio y el símbolo de la
expiación. Josefo, historiador judío llevado cautivo a Roma, al contabilizar
los sacrificios de Pascua, registra que en una Pascua hubo “256.500” víctimas,
y que, si en cada una participaban al menos diez personas, multitudes inmensas
se agolpaban en Jerusalén. Aunque la exactitud del número pueda discutirse, su
testimonio muestra, al menos, que Jerusalén se inflaba cada Pascua con “sangre,
multitud y tensión”. Esto nos impide olvidar que la cruz de Jesús no es una
doctrina abstracta, sino un acontecimiento ocurrido en una fiesta concreta, en
medio de un miedo político concreto y de una efervescencia religiosa concreta.
Y, sin embargo, los discípulos
atraviesan esa noche cantando. La frase “Y cuando hubieron cantado el himno,
salieron al Monte de los Olivos” suena tan serena que, justamente por eso, se
vuelve ominosa. El pastor David Jang capta aquí la “falta de sensibilidad” de
los discípulos. En el Señor ya son nítidas las señales de la traición y la
sombra de la muerte; pero los discípulos, sin leer el ambiente, cantan y se
alistan para dormir. Este contraste no está puesto solo para culparlos. Es un
espejo: solemos confundir “cantar alabanzas” con piedad, pero la alabanza
también puede convertirse en un instrumento de evasión. Un alma incapaz de
cargar con el peso a veces lo cubre con cantos. Getsemaní arranca ese velo y
nos muestra, como piel al descubierto, la realidad de una fe.
Jesús toma de entre los once a tres
—Pedro, Jacobo y Juan— y entra con ellos a un lugar más profundo. Parece un
privilegio, pero en realidad es una petición de compañía. “Quedaos aquí y
velad” no es un mantra de autoactivación; es la última súplica del amor. Y
cuando esa súplica se derrumba, se vuelve evidente cuán solitario es el camino
de la cruz. La “soledad de Cristo”, que el pastor David Jang repite con
insistencia, se funda aquí. El Señor carga en soledad un peso que nadie puede
cargar en su lugar, pero aun así anhela que, al menos, velen con Él. Sin
embargo, ellos duermen. “El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne
es débil” disecciona en una sola frase la estructura del ser humano: la
voluntad conoce la dirección, pero el hábito, el cansancio y el temor tumban el
cuerpo. Por eso la fe se parece siempre más a “entrenamiento” que a
“propósito”. Y el centro de ese entrenamiento es la oración que vence al sueño.
El clímax de la oración en Getsemaní
comienza con la forma en que Jesús llama a Dios: “Abba, Padre”. “Abba” es una
expresión aramea usada por Jesús; Pablo también dice que, en el Espíritu,
llegamos a llamar así a Dios. Ahora bien, hay quienes advierten que traducirlo
sin matices como “papi/daddy” puede ser imprudente. “Abba” contiene intimidad,
sí, pero no una cercanía ligera: es cercanía dentro del temor reverente,
proximidad dentro de la dignidad. Esa es la textura que el pastor David Jang
sostiene. Ante la cruz, Jesús no llama a Dios un juez extraño, sino “mi Padre”.
Esa sola palabra se vuelve la última columna de la fe: si se quiebra la certeza
del Padre amoroso, la obediencia se degrada en desesperación.
Pero esa certeza no borra la emoción.
Jesús pide: “Aparta de mí esta copa”. No es pecado de evasión, sino honestidad
de la humanidad. El pastor David Jang lee este tramo como “consuelo” porque
muestra que el temblor y el miedo del creyente no son, por sí mismos, prueba de
incredulidad. La cuestión no es si hay miedo o no, sino ante quién llevamos ese
miedo. Jesús no lo dramatiza ante la gente: lo presenta al Padre. Y enseguida
reorienta la oración: “Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú”. No es resignación,
sino entrega de sí basada en confianza. La obediencia cristiana no es ausencia
de sentimiento; es una elección relacional que atraviesa y supera el
sentimiento.
Para entender esta obediencia conviene
recordar también el trasfondo profético del Antiguo Testamento. Jesús cita ante
los discípulos: “Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas” (Mc 14),
superponiendo sobre su camino la profecía de Zacarías 13:7. La cruz no es un
accidente; es un camino al que entra “sabiéndolo”. Aun así, en Getsemaní Jesús
vuelve a “copiar” ese camino en forma de oración. Predestinación y obediencia
quedan aquí estrechamente unidas. Saber que la voluntad del Padre es buena no hace
desaparecer la amargura del trayecto; pero esa amargura encuentra sentido. La
obediencia de Getsemaní no dice “no hay otra salida”, sino “porque tú eres
bueno, confío y camino”.
Otra fortaleza en la lectura del pastor
David Jang es que no trata este pasaje solo como “respuesta teológica
correcta”, sino que lo baja a “lo humano real”. A menudo hablamos de la
obediencia de Jesús sin imaginar el peso psicológico que comporta, sin contemplar
cómo ese peso estalla en reacciones corporales —sudor, respiración, pulso,
temblor—. Pero el hecho de que los Evangelios registren “asombro” y “tristeza”
significa que Dios no expulsó la debilidad humana fuera de la fe. Cuando la
iglesia exhibe únicamente una fe que “se ve fuerte”, los heridos convierten sus
emociones en culpa y se las tragan. Getsemaní corrige esa deformación. Confesar
“tengo miedo” no tiene por qué ser ya un fracaso de fe; puede ser la primera
forma honesta en que la fe se revela como oración.
Aquí la imagen de “la copa” se vuelve
más rica. En la Escritura, la copa a veces señala juicio e ira; otras veces, la
porción del sufrimiento. Cuando Jesús habla de “esta copa”, no se refiere solo
al dolor físico: incluye la vergüenza de ser entregado a manos de pecadores, la
injusticia, la traición en las relaciones y el abismo del “abandono” que se
sentiría como ruptura con Dios. Por eso su oración no es solo instinto de
evitar el dolor, sino un grito ante un precipicio que parece capaz de
desmoronar la existencia. Y, sin embargo, en ese grito Jesús no suelta el
nombre “Abba”. Las emociones giran como remolino, pero la relación no se corta.
Como subraya el pastor David Jang, la crisis de la fe llega al final cuando se
tambalea la certeza del amor del Padre. En el momento en que se duda del amor,
la obediencia se vuelve obligación y la obligación termina en agotamiento. En
cambio, cuando se cree en el amor, la obediencia se vuelve una elección con
sentido aun dentro del dolor.
El sueño de los discípulos muestra el
reverso de esa elección. Pedro acaba de decir: “Aunque tenga que morir contigo,
no te negaré”. Pero poco después no logra velar ni una hora. Esa volatilidad no
es solo un problema de Pedro. El ser humano suele sobreestimarse al decidir, y
subestimarse al resistir. El lenguaje del propósito es grandilocuente; la
técnica de la perseverancia, pobre. Por eso Jesús les dice: “Velad y orad, para
que no entréis en tentación”. La tentación no es solo la seducción ética; incluye
el cansancio que nos hace abandonar relaciones, el temor que nos empuja a
evadir responsabilidades, y la insensibilidad que “pospone la fe para más
tarde”. Velar no es una victoria mental ni un pico emocional; es un pequeño
hábito repetido que vuelve a orientar el corazón, cuando empieza a embotarse,
hacia Dios.
El pastor David Jang recuerda, a través
de este texto, que “caminar con Cristo” significa finalmente “velar juntos”.
Caminar no es estar en el mismo sitio, sino compartir el mismo interés y el
mismo peso. Aquella noche, los discípulos estaban en el mismo huerto, pero no
vivían la misma noche. La noche de Jesús fue noche de oración; la de los
discípulos, noche de sueño. Y esa brecha vuelve más solitario a Jesús. A
nosotros nos pasa igual. Podemos estar sentados en el culto, o incluso al lado
del dolor de alguien, y aun así existir con un “corazón dormido”: la atención
en otra parte, el amor fatigado, la responsabilidad pesada. Getsemaní sacude
ese corazón adormecido. “Quedaos aquí y velad” es también la marca de que
Cristo no renunció a la comunidad ni en la noche del sufrimiento: hasta el
final pidió “estar juntos”.
Pero la fría honestidad del Evangelio
no oculta que esa petición fue rechazada. Cuando el pastor David Jang habla de
“soledad”, no es retórica sentimental; es un hecho de la historia de la
salvación. Jesús asumió solo una obediencia que nadie podía sustituir, y ni
siquiera los más cercanos pudieron compartir ese peso. Aquí leemos con más
nitidez la gracia de la cruz: no es un logro que levantamos entre todos, sino
una salvación alzada en soledad mientras nosotros dormíamos. Por eso la gracia
no es barata. Más bien, duele: es un amor en el que no supimos participar. Y
ese dolor se vuelve la fuerza que nos despierta.
Que el pastor David Jang agregue la
historia del joven en Marcos también busca precisamente obligarnos a mirar de
frente la vergüenza de “no haber participado”. El ser humano suele querer
registrar su propia epopeya. Pero en Marcos, sorprendentemente, no hay héroes.
Solo hay discípulos que huyen, amigos que duermen, una multitud silenciosa y
Jesús que ora solo. Ese rumbo narrativo hace verdadero al Evangelio: la buena
noticia no es la hazaña humana, sino la intervención divina. La salvación no
vino porque nos volvimos buenos, sino porque, incluso en nuestra impotencia, el
amor no se rindió.
Ahora bien, este relato no nos entrega
un permiso para decir: “Como total, no podemos, vivamos a medias”. Al
contrario. Quien conoce la soledad de Jesús ya no quiere dejarlo solo. De ahí
el llamado final del pastor David Jang: “ahora nos toca a nosotros acompañar”.
La fe siempre llega tarde: muchas veces entendemos el sentido después de que el
hecho pasó. Los discípulos también comprendieron mejor, tras la resurrección,
quién era Jesús y qué fue aquella noche. Pero la Cuaresma nos pide convertir el
“tiempo del arrepentimiento tardío” en “tiempo de prevención”: no solo lágrimas
retrospectivas, sino vigilancia presente que responde al camino del Señor.
Esa respuesta debe traducirse al
lenguaje cotidiano. La oración de Getsemaní no queda como emoción de un lugar
sagrado. “No se haga mi voluntad” se concreta en decisiones del trabajo,
tensiones del hogar, uso del dinero y del tiempo, honestidad en las relaciones,
y determinaciones de perdón. Soltar mi voluntad no significa borrar mi
existencia, sino colocarme dentro de un orden de amor más grande. Es un trabajo
muy activo. Algunos días, “lo correcto” puede verse como “pérdida”; el silencio
puede parecer “derrota”; el perdón puede malinterpretarse como “debilidad”.
Pero Cristo caminó el camino donde la fuerza se revela en la debilidad. Por eso
Pablo pudo decir: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”: aprendió la lógica
de ese camino.
En el mensaje del pastor David Jang hay
un pulso pastoral que sostiene esa paradoja. Él no convierte la fe en un
“envoltorio de victoria”. Más bien nos ayuda a admitir nuestra precariedad y,
precisamente por esa precariedad, a orar más hondo. “El espíritu está
dispuesto, pero la carne es débil” no es una declaración de derrota; es una
estrategia de oración. Si el alma de verdad lo desea, hay que ordenar el
entorno para que el cuerpo la siga. No es más piadoso “aguantar despierto hasta
tarde”; puede serlo más acostarse temprano y levantarse temprano por lo que hay
que hacer. La fuerza para vencer la ira no es una explosión de voluntad, sino
el hábito de derramar el corazón ante Dios antes de que la ira suba. Y la
fuerza para vencer la tentación tampoco es una decisión heroica de último
minuto, sino la repetición preventiva de estar despiertos: “para no entrar en
tentación”.
Además, Getsemaní interpela la
responsabilidad de la comunidad. Cuando alguien se derrumba, solemos preguntar
primero: “¿por qué eres tan débil?”. Pero el Evangelio pregunta antes: “¿por
qué no velaste con ese hermano?”. El acompañamiento del que habla el pastor
David Jang es una fe de responsabilidad mutua. Cuando a alguien se le abre una
noche de Getsemaní, una acción pequeña a su lado —sentarse con él, orar aunque
sea breve, quedarse con una palabra sobria y firme— puede salvarlo. Jesús
finalmente fue solo, pero su iglesia no debería seguir permitiendo que otros
atraviesen solos esas noches. Cuando hoy velamos unos por otros en nuestros
Getsemaní, nos volvemos una comunidad que alivia, aunque sea un poco, la
soledad de la cruz.
En este punto, el arte abre un corredor
más profundo. La obra del pintor renacentista italiano Andrea Mantegna, The Agony in the Garden (ca. 1455–1456), visualiza la noche de
Getsemaní con su trazo firme característico. En el cuadro, Cristo aparece
arrodillado solo sobre un terreno rocoso; a lo lejos, Judas se acerca guiando a
los soldados; abajo, Pedro, Jacobo y Juan duermen. Mantegna no solo reproduce
el suceso: organiza distancias. Cielo y tierra, Jesús y los discípulos, oración
y armas, vigilia y sueño; esas brechas gobiernan toda la escena. Es como si esa
distancia tradujera al lenguaje visual “el camino solitario de la cruz” del que
habla el pastor David Jang. Frente a esa pintura, la pregunta se impone:
“¿dónde estoy yo?”. ¿Junto a la oración de Jesús? ¿En la comodidad del sueño?
¿O en la fila de la traición?
Al recordar el cuadro de Mantegna, los
discípulos dormidos no son solo gente perezosa; representan un patrón trágico
que repetimos. Decimos que haríamos “cualquier cosa” por alguien a quien
amamos, pero justo en la noche en que ese alguien se vuelve más frágil, no
tenemos fuerzas ni para sentarnos a su lado. Por eso, la distancia del cuadro
no debe terminar en autoacusación. La distancia señala una dirección de
arrepentimiento. Debemos movernos un paso hacia Jesús, hacia el lugar de la
oración, hacia la práctica de la vigilia. Y ese paso no tiene que ser
grandioso. Sentarse en silencio aunque sean diez minutos al día y llamar “Abba,
Padre”; presentar sin esconder el miedo y el deseo de ese día; y, al final,
fijar la dirección del corazón con la frase “que se haga tu voluntad”: ese es
el modo más realista de enlazar la oración de Getsemaní con el lenguaje de hoy.
Al final, lo que el pastor David Jang
quiere mostrarnos en Getsemaní no es “el dolor” por sí mismo, sino el hilo de
una relación que no se rompe incluso dentro del dolor. La cruz no es una
tragedia que irrumpió de pronto en la vida de Jesús; es el lugar donde la
coherencia del amor fue empujada hasta el final. Esa coherencia se amasa como
oración en Getsemaní, se expresa como valentía que no se quiebra ni en el
arresto, y culmina en el Gólgota como el regalo de entregarse a sí mismo. Por
eso, la meditación cuaresmal no se queda en una emoción sombría. Más bien nos
hace mirar qué mañana abre la obediencia que atravesó la noche más oscura, y
cómo esa mañana, llamada resurrección, vuelve a darnos vida. Y la luz de esa
resurrección se refleja con más nitidez en quien no evitó la presión de
Getsemaní.


















