¿Es el sufrimiento simplemente una prueba que debemos evitar? El pastor David Jang, a través de la vida del apóstol Pablo y la teología de la cruz, ilumina con profundidad cómo el sufrimiento puede transformarse en una esperanza gloriosa. Descubra en esta columna el secreto de los “padecimientos que quedan” y el verdadero poder del evangelio escondido en la vida cristiana.
Contemplo
en silencio la obra maestra que el pintor de la luz, Rembrandt, realizó en
1627: El apóstol Pablo en prisión (The Apostle Paul in Prison).
El Pablo del lienzo dista mucho de la figura del héroe aguerrido que solemos
imaginar. Un suelo de piedra helada, un cuerpo envejecido y agotado, y la
oscuridad de un lugar aislado del mundo lo rodean mientras permanece sentado,
solo. Sin embargo, lo que domina el cuadro no es la tiniebla. Un rayo de luz
que entra por la ventana ilumina con claridad el rostro de Pablo y la carta que
está escribiendo. Rembrandt da testimonio con su pincel de esta paradoja:
aunque el cuerpo esté encerrado, el alma puede brillar con mayor libertad e
intensidad que nunca.
Hoy
en día, con demasiada facilidad sustituimos “paz” por sinónimo de bendición, y
“sufrimiento” por sinónimo de maldición. Pero el pastor David Jang, a través de
su predicación, nos presenta la misma paradoja que Pablo encarna en el cuadro
de Rembrandt: “El sufrimiento no es algo que simplemente deba evitarse,
sino un umbral inevitable hacia la gloria.” Para creyentes modernos
acostumbrados a perseguir la comodidad, este mensaje llega como una advertencia
aguda y, al mismo tiempo, como la obertura de un consuelo profundo.
La
inevitabilidad de la cruz en el camino estrecho
El
viaje del cristiano no es un paseo por un sendero cubierto de flores. El pastor
David Jang, citando las palabras de Juan 15, subraya que, así como
el mundo odia la luz, el sufrimiento que experimentan quienes siguen a Cristo
no es una opción, sino un “destino” inevitable. Puesto que Jesús caminó primero
por ese camino angosto y escarpado, es perfectamente natural que, como discípulos
suyos, nos encontremos con espinos en la ruta.
Cuando
llega la aflicción, muchos creyentes se preguntan con temor: “¿Qué hice mal?”.
Sin embargo, la esencia del sufrimiento, vista a través de la meditación
bíblica, no es principalmente castigo, sino formación y purificación.
Así como el metal atraviesa el fuego para convertirse en oro refinado, el
creyente, en medio de la oposición y las pruebas del mundo, descubre con
claridad su fragilidad y aprende a depender únicamente de Dios. Es un proceso
doloroso, sí, pero también es una de las herramientas más poderosas de la
gracia: elimina las impurezas ocultas y restaura en nosotros la imagen santa de
Dios. Hay profundidades de la fe que nunca se aprenden en una vida cómoda;
suelen formarse, precisamente, en el valle del sufrimiento.
“Completo
en mi carne lo que falta de los padecimientos de Cristo”
La
confesión del apóstol Pablo en Colosenses, escrita con la pluma que
imaginamos en aquella prisión del cuadro, nos lanza una pregunta inmensa, como
una ola que rompe en el corazón:
“Ahora
me alegro en lo que padezco por vosotros, y en mi carne completo lo que falta
de los padecimientos de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia” (Colosenses
1:24).
El
pastor David Jang explica con notable claridad el concepto de “los
padecimientos que quedan de Cristo”. Esto no significa en absoluto que la
obra salvadora de Jesús haya sido insuficiente. Si Cristo, como Cabeza, consumó
la salvación en la cruz, entonces nosotros, como cuerpo —la Iglesia—, recibimos
la santa invitación a asumir en esta tierra los dolores de parto del evangelio:
el esfuerzo, el costo y la entrega que acompañan el anuncio de la Buena
Noticia. Pablo podía alegrarse aun sobre el piso frío de la cárcel porque
estaba convencido de que su dolor no era un sacrificio inútil, sino una
participación gloriosa en la historia redentora de Dios.
Las
injusticias que sufrimos, el rechazo que recibimos cuando compartimos el
evangelio, y las lágrimas que derramamos sirviendo a la Iglesia no caen al
suelo para desaparecer. Se convierten en ladrillos que edifican el Reino de
Dios y en abono que da vida a almas que serán levantadas. El pastor David Jang
presenta la vida de Pablo como un modelo que el creyente contemporáneo debe
imitar: avanzar hacia una fe madura que no convierta el sufrimiento en motivo
de queja, sino en evidencia de misión.
La
revelación del misterio: la esperanza de gloria que habita en nosotros
¿Cuál
es el mayor regalo concedido al creyente que atraviesa el túnel del
sufrimiento? Es el gozo de comprender un “misterio”. El misterio
oculto desde los siglos y generaciones: “Cristo en vosotros”. El
pastor David Jang insiste en que este misterio es el único fundamento por el
cual el creyente puede levantarse sin rendirse en medio de la tribulación.
La
morada del Espíritu Santo no es una doctrina vaga ni una idea abstracta; es un
poder real que se experimenta en la vida cotidiana. Cuando Pablo pudo declarar
en Romanos que “los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con
la gloria venidera”, no fue porque solo mirara un cielo lejano e incierto. Fue
porque ya disfrutaba, en presente, de Cristo resucitado obrando en su
interior: la esperanza de gloria. El sufrimiento puede desgastar al
hombre exterior, pero renueva día tras día al hombre interior y va aumentando
en nosotros el peso de esa gloria.
El
Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad e intercede por nosotros con gemidos que
no pueden expresarse con palabras. Esta perspectiva teológica se vuelve un
consuelo fuerte para quienes, en la prueba, sienten que han quedado solos. No
somos huérfanos: aun en el centro del sufrimiento, Dios está más cerca de lo
que imaginamos, y cumple su voluntad.
El
núcleo del mensaje que el pastor David Jang transmite desemboca, finalmente, en
la esperanza de la resurrección. Sin cruz no hay resurrección; sin
sufrimiento no hay gloria. Como la luz que se derrama sobre Pablo en la prisión
que pintó Rembrandt, la oscuridad del sufrimiento se convierte,
paradójicamente, en el telón de fondo que hace brillar con mayor nitidez la
gracia de Dios.
¿Está
usted hoy en medio del sufrimiento? Entonces no se desanime. No está
simplemente padeciendo dolor: está participando como protagonista en el gran
drama de la salvación de Dios. Como Pablo y como los creyentes que nos
precedieron en la fe, mire la gloria resplandeciente que será forjada a través
de esa prueba. Cuando se abren los ojos de la fe, la vida deja de ser solo la
búsqueda de “paz” y se transforma en un viaje de victoria que la supera y la
trasciende.
davidjang.org


















