El pastor David Jang explora en profundidad el núcleo de la doctrina del Espíritu Santo y la travesía de la santificación, comparándola con los “Esclavos inacabados” de Miguel Ángel. Descubra la esencia de la fe: vencer los deseos de la carne y dar fruto del Espíritu, en un camino de transformación interior tan intenso como hermoso.
En
el corredor de la Galería de la Academia en Florencia, Italia, se expone la
serie de Miguel Ángel conocida como “Los Esclavos (The Slaves)”.
Estas esculturas suelen asociarse con la técnica del non-finito, es
decir, lo “no acabado”. Las figuras humanas, atrapadas dentro de un bloque
áspero de mármol, parecen retorcerse como si lucharan por salir de la piedra.
Aunque los fragmentos aún no tallados pesan sobre brazos y piernas, dentro de
esa masa inerte se intuye una vida ya completa que palpita, generando una
tensión extraña e inexplicable. Me quedé allí largo rato, y de pronto sentí un
estremecimiento: como si estuviera frente al interior del creyente. Porque esa
lucha por avanzar hacia la santidad —habiendo recibido la salvación, pero sin
haber logrado desprenderse del todo de la pesada cáscara de la carne— se parece
demasiado a esos esclavos encerrados en la piedra.
El
pastor David Jang (Olivet University) desentraña este sufrimiento existencial y
el proceso de santificación con una mirada teológica profunda. Él no encierra
la obra del Espíritu Santo en el terreno de los milagros sobrenaturales o de
experiencias místicas aisladas. Más bien, la describe como un proceso esencial
y a la vez combativo: el “tallado” por el cual se desprende lo áspero para
revelar la imagen de Dios oculta en el interior. El soplo del Espíritu que
llega a nuestra vida a veces es una brisa de consuelo, y otras veces se parece
a un fuerte golpe de cincel que quiebra los bordes duros de nuestro ego.
Vida
que brota entre escombros: más allá de la carne, hacia el espíritu
Miguel
Ángel dijo: “Vi al ángel dentro del mármol y tallé hasta liberarlo”. El mensaje
presente en las predicaciones del pastor David Jang también recorre esa misma
dirección. Él llama a la naturaleza humana caída por el pecado “las obras de la
carne”, y señala que ahí se encuentra el obstáculo fundamental que rompe la
relación con Dios. Lo que Gálatas enumera —fornicación, impureza, idolatría,
contiendas, celos— no son meras desviaciones morales. Son el hábito antiguo de
Adán, ese impulso de vivir como dueño de sí mismo sin Dios: un bloque grueso,
frío y pesado que recubre nuestra alma.
Que
el Espíritu Santo habite en nosotros significa que ese bloque sólido del yo
empieza a agrietarse. La guerra espiritual entre “el deseo del Espíritu” y “el
deseo de la carne” es dolorosa, pero inevitable. El pastor David Jang exhorta a
no huir de ese combate. Porque, como cuando Pablo clamó: “¡Ay de mí,
miserable!”, precisamente en el punto donde uno reconoce con crudeza su propia
fragilidad, allí —paradójicamente— comienza la ayuda poderosa del Espíritu. El
Espíritu Santo es la llave que desata cadenas de pecado que nuestra voluntad
jamás podría romper, y es el único poder capaz de transformar una naturaleza
caída en un carácter santo.
Echar
anclas en la verdad y navegar hacia el mar de la gracia
La
obra del Espíritu Santo no se reduce a un fervor ciego ni a una exaltación
emocional. La verdadera presencia del Espíritu florece únicamente sobre el
fundamento firme de la Palabra. El pastor David Jang enfatiza al Espíritu como
“Espíritu de verdad” y subraya la relación inseparable entre el Espíritu y la
Escritura. Así como un barco que atraviesa la oscuridad del mar necesita un
faro, el Espíritu ilumina la Palabra bíblica —que podría quedarse como letra
difícil— para que sea oída como voz viva de Dios. En la meditación profunda de
las Escrituras, que podamos ir más allá del texto, sentir el corazón de Dios y
hasta llorar, se debe a la iluminación del Espíritu que obra entre las letras.
El
Espíritu Santo, el Paráclito, no nos deja como huérfanos. Él hace que el amor
de la cruz de Jesucristo no quede atrapado en un hecho histórico de hace dos
mil años, sino que se convierta hoy en un poder presente del Evangelio que
sacude mi vida. Tal como Calvino describió al Espíritu como “la llave que abre
el misterio de la fe”, el pastor David Jang también recalca que sin el Espíritu
no podemos vivir la gracia redentora en lo cotidiano. Que, por la Palabra,
reconozcamos nuestro pecado y, obedeciendo esa verdad, corrijamos el rumbo de
nuestra vida: esa es, quizá, la evidencia más concreta de estar llenos del
Espíritu.
De
un “yo” aislado a un “nosotros”: un templo edificado en el amor
Si
la escultura de Miguel Ángel contiene el alma artística de un individuo, la
obra que el Espíritu Santo modela es un gran templo llamado “comunidad”. El
pastor David Jang advierte contra una espiritualidad que se detenga en la paz
interior individual. El Espíritu Santo es como un “adhesivo sagrado” que une
corazones dispersos y produce una santa unidad. Las lenguas de fuego que
descendieron en el aposento alto en Pentecostés derritieron diferencias de
idioma y trasfondo, y formaron un solo propósito y un solo amor.
El
fruto del Espíritu —amor, gozo, paz, paciencia— no se puede producir encerrado
a solas en un cuarto. Nace en relaciones reales, donde hay fricción: cuando
perdonamos al hermano difícil de perdonar y damos lo que cuesta entregar. La
visión de “la iglesia como templo del Espíritu” que enfatiza el pastor David
Jang no se demuestra por la belleza del edificio, sino por la profundidad del
amor y del servicio que los creyentes se derraman unos a otros. En medio de la
mirada fría del mundo, la iglesia sigue siendo esperanza porque dentro de ella
fluye el consuelo cálido y la restauración que el Espíritu concede.
Seguimos
siendo seres “en obra”. Hemos recibido la salvación (Already), pero
todavía no hemos llegado a la gloria completa (Not Yet). Sin embargo, no
hay motivo para temer. Miguel Ángel pudo haber dejado sus esculturas sin
terminar, pero el Espíritu Santo, que comenzó en nosotros la buena obra, jamás
se rinde. Aun hoy, el Espíritu pule nuestro carácter áspero, quita el corazón
endurecido y, finalmente, nos va formando como una obra maestra plena,
semejante a Cristo. Entregarnos por completo a esas manos fieles: ese es el
camino de santificación que estamos llamados a recorrer hoy.
davidjang.org


















