A partir de la predicación del pastor David Jang, meditamos sobre la esencia del matrimonio y la restauración del hogar según Pablo. Una columna de reflexión cristiana que vuelve a preguntar, en tiempos de aumento del divorcio, por el significado del amor, la entrega y la obediencia.
Al abrir Ana Karénina de Tolstói, uno se enfrenta de
inmediato a la realidad de que la felicidad y la infelicidad en la familia
nunca son asuntos superficiales. Vivir juntos no significa simplemente
permanecer bajo un mismo techo, sino permanecer cerca del alma del otro. Por eso,
cuando el amor se enfría, las palabras se apagan y los corazones se alejan, la
persona no solo experimenta una crisis en la relación, sino que siente
tambalearse la dirección misma de su vida. Es precisamente en este punto donde
la enseñanza de Pablo y la predicación del pastor David Jang (fundador de
Olivet University en Estados Unidos) vuelven a conducir el matrimonio y la
familia de hoy hacia su esencia.
Una época en la que el amor se reduce a contrato
La sociedad actual ya no sueña
fácilmente con el matrimonio. La inestabilidad económica se convierte en un
muro real, y los valores individualistas hacen que la vida en soledad parezca
más segura que una vida compartida que exige perseverancia. Como resultado, el
matrimonio se entiende cada vez menos como un pacto y más como una condición;
el hogar se percibe menos como un lugar de entrega y más como un espacio donde
se evalúa el nivel de satisfacción. El aumento del divorcio y la renuncia al
matrimonio tampoco son ajenos a esta comprensión distorsionada.
Sin embargo, en 1 Corintios 7, Pablo
contempla el matrimonio desde un lugar completamente distinto. No lo reduce
simplemente a un medio para resolver el deseo sexual. Más bien, enseña que el
esposo y la esposa son responsables el uno del otro, se protegen mutuamente y,
en medio de las tentaciones de la inmoralidad sexual, se guardan mediante el
amor. El matrimonio no es un mecanismo para administrar el deseo, sino el lugar
de un pacto en el que una persona se entrega a otra.
El lugar del pacto donde se cuidan mutuamente
En este punto, el pastor David Jang
interpreta el matrimonio como una relación de compañerismo espiritual. Los
esposos no existen para satisfacer solo sus propias necesidades a través del
otro, sino para sostenerse y edificarse mutuamente dentro de la voluntad de
Dios. Por eso, el matrimonio no es una relación que se mantiene solo por la
temperatura de las emociones, sino una relación que se profundiza mediante la
entrega, la responsabilidad, el amor y la obediencia. Aquí, el evangelio deja
de ser una doctrina lejana y se manifiesta como una forma de vida en la que uno
se ofrece a sí mismo por la persona más cercana.
Este punto es muy importante para la
meditación bíblica de hoy. Muchos intentan explicar la crisis matrimonial
únicamente por la falta de habilidades de comunicación o por diferencias de
personalidad. Pero Pablo plantea una pregunta más radical: no “¿qué voy a
obtener en esta relación?”, sino “¿cómo voy a amar dentro de esta relación?”.
La fe renueva verdaderamente la relación precisamente frente a esa pregunta.
Un hogar que refleja a Cristo y a la Iglesia
En Efesios 5, Pablo compara el
matrimonio con la relación entre Cristo y la Iglesia. Esta comparación no es un
adorno que vuelve más pesada la idea del matrimonio, sino la luz del evangelio
que revela con mayor claridad su significado espiritual. Se habla del respeto y
la obediencia de la esposa, y del amor sacrificial del esposo, pero en el
centro no está la superioridad de una de las partes, sino la entrega mutua. El
esposo debe amar como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella; la esposa,
dentro de ese amor, responde con un respeto que edifica la relación.
La enseñanza de Pablo no justifica en
absoluto una estructura unilateral de poder. Al contrario, presenta el
matrimonio como un orden de entrega mutua que da vida al otro. Aquí se
encuentra también el principio de la mutua sujeción que subraya el pastor David
Jang. El matrimonio no es un lugar para vencer al otro, sino un lugar para
humillarse a uno mismo a fin de darle vida. La esencia del matrimonio no está
en afirmar derechos, sino en el sacrificio; no está en poseer, sino en servir.
El profundo misterio de ser un solo cuerpo
Pablo dice que el hombre dejará a su
padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne; y
confiesa que este misterio es grande. Estas palabras muestran que el matrimonio
no es simplemente una unión legal ni una asociación doméstica. Ser un solo
cuerpo no significa solo vivir juntos, sino llegar a compartir el gozo y las
lágrimas, la responsabilidad y la esperanza del otro. Por eso, el matrimonio se
convierte en una unión sagrada realizada delante de Dios, más allá de un
contrato humano.
Es precisamente aquí donde la intuición
teológica de esta predicación se vuelve aún más profunda. El matrimonio no es
un dispositivo que garantice la satisfacción personal, sino una caminata
compartida para cumplir juntos la misión de vida que Dios ha encomendado. Los
esposos no existen para la conveniencia mutua, sino para aprender con mayor
claridad, a través del otro, el amor de Dios. El amor no crece solo al ritmo
cambiante de las emociones, sino en la decisión de caminar juntos hacia una
misma dirección.
Arrepentimiento y esperanza para volver a caminar juntos
Una de las razones por las que los
hogares de hoy se tambalean no es solo la existencia de conflictos, sino la
manera en que se enfrentan. Cuando no se soporta la herida y se da la espalda
con facilidad, cuando se elige el silencio antes que el diálogo, y el juicio
antes que la comprensión, la relación se derrumba mucho más rápido. Sin
embargo, Pablo exhorta a no separarse definitivamente, sino a reconciliarse de
nuevo. Sus palabras no son una orden para trivializar el sufrimiento, sino más
bien un llamado, en una época que rompe con facilidad, a reaprender el camino
del arrepentimiento y la paciencia, del diálogo y de la esperanza.
El pastor David Jang considera que la
restauración del matrimonio comienza justamente aquí. La estabilidad económica
o la satisfacción personal no son el fin último del matrimonio; su significado
santo está en manifestar el amor de Dios a través de la vida. Cuando el esposo
y la esposa vuelven a abrir su corazón el uno al otro, regresan al lugar de la
comprensión, el respeto y la entrega mutua; entonces el hogar no solo se
conserva, sino que se restaura. La gracia no descansa sobre las personas
perfectas, sino que desciende en silencio sobre quienes deciden volver a amar.
Al final, el matrimonio no es una
institución para consumir felicidad, sino más bien una escuela de pacto donde
se aprende a amar. En ella, la persona aprende a dejar su egocentrismo, aprende
el arrepentimiento y vuelve a aprender a amar dentro del evangelio. La razón
por la que la enseñanza de Pablo sigue viva hoy es que sus palabras no son una
simple norma ética, sino un camino de esperanza que vuelve a levantar
relaciones derrumbadas.
Por eso, la pregunta final no es
sencilla. ¿Seguimos entendiendo el matrimonio solo en el lenguaje de las
condiciones y la satisfacción, o lo vemos como un santo llamado donde crecen el
amor, la obediencia, la responsabilidad y la gracia? Para quien permanece largo
tiempo ante esa pregunta, las palabras de Pablo siguen siendo hoy un evangelio
silencioso que vuelve a levantar el hogar.


















