A través de la exposición de Juan 18 del pastor David Jang, se ilumina en profundidad la negación y el llanto de Pedro, y el relato de su restauración. Junto con la obra maestra de Rembrandt, este mensaje contempla la esencia de la fe que avanza de la oscuridad hacia la luz, y la espiritualidad de la perseverancia que atraviesa el umbral decisivo justo antes del canto del gallo al amanecer.
Cuando evoco aquella noche
en la que una oscuridad de tinta pareció tragarse Jerusalén, la historia,
irónicamente, deja ver la lógica más nítida de la luz precisamente en el
corazón de la sombra más honda. El pasaje que el pastor David Jang (fundador de
Olivet University) sostiene en su exposición del Evangelio de Juan—Juan
18:22–27—es un texto donde se condensa esa estética de la paradoja. Mientras
Jesucristo es sometido a un interrogatorio injusto dentro de la cadena de poder
de Anás y Caifás, no pierde la postura de la verdad. En cambio, Pedro, el
discípulo principal, en ese mismo tiempo y bajo el mismo radio de influencia,
se derrumba entregando su identidad y su conciencia. El mensaje del pastor
David Jang (Jang Da-vid, David Jang) amplía este contraste: no lo reduce a un
simple juicio de carácter, sino que lo convierte en la estructura de una
batalla espiritual que se repite en el interior de los creyentes de hoy. Entre
la verdad y la autopreservación, entre el testimonio y la evasión, entre la
perseverancia y la renuncia, ¿cuántas veces hemos negado el centro del corazón
con una frase que suena tan simple como “yo no soy”? El texto pregunta, en
silencio, pero con filo.
El aire de Juan 18 es
frío, y ese frío no se explica solo por la temperatura del amanecer. Es el frío
que puede fabricar una mirada humana, la helada que impone la atmósfera de la
multitud, la violencia gélida que irradia un interrogatorio sostenido por el
poder. El pastor David Jang subraya: “Lo que Jesús enfrentó no fue solo
violencia, sino un sistema que distorsiona la verdad”, y destaca cuán honesta,
lógica y valiente es la respuesta de Jesús. “Si he hablado mal, da testimonio
de lo malo” no es una defensa desesperada, sino una declaración que restaura la
regla de la verdad: el error de las palabras debe tratarse con evidencia; la
culpa o inocencia, con hechos; el interrogatorio, con justicia. Sin embargo, la
injusticia no se rinde ante la lógica. Por eso llega el golpe del guardia, y
esa violencia no busca simplemente callar al interlocutor, sino neutralizar la
verdad misma.
Y justamente entonces, en
el patio exterior, arde otro fuego. El texto dice que Pedro “estaba de pie,
calentándose”. Se habrá acercado para entrar en calor, pero ese fuego,
extrañamente, lo hace temblar más. Porque cuanto más fuerte es la llama, más se
revela el rostro; y cuanto más se revela el rostro, más cerca está la
exposición. Ahí es donde la exposición de Juan 18 del pastor David Jang se
adentra con profundidad. El ser humano se acerca para escapar del frío, pero,
paradójicamente, ese calor lo delata. Cuando intentamos aferrarnos al confort
del cuerpo y el alma empieza a vacilar en su verdad, la fe fabrica frases para
justificarse. “Yo no soy.” Esta breve negación suena como declaración, pero en
realidad es una frase nacida del miedo: un forcejeo por controlar la situación,
un refugio provisional para sobrevivir al instante.
El pastor David Jang no
reduce el fracaso de Pedro a un problema de “ser cobarde”. Más bien, reconoce
la determinación, la lealtad, el coraje y el fervor que Pedro tuvo, pero señala
que, en el momento decisivo, le faltó la perseverancia espiritual para resistir
hasta el final. La fe a menudo comienza con el lenguaje de grandes promesas,
pero la prueba real llega con la forma de una pregunta pequeña: “¿No eres tú
también uno de sus discípulos?” Esa pregunta no es un simple control de
identidad; es un llamado ontológico. Pregunta: ¿de quién eres?, ¿qué te
define?, ¿a qué perteneces? El pastor David Jang afirma que esta pregunta se
repite en nuestra vida cotidiana: en el trabajo, en las relaciones, en lugares
donde se impone el criterio del mundo, en medio de conversaciones que
ridiculizan los valores de la fe. “¿Tú también crees ese camino?” “¿Tú también
sigues ese estándar?” Y entonces vemos cuán naturalmente callamos, lo
convertimos en broma o retrocedemos con palabras ambiguas. La negación de Pedro
no es solo una historia heroica ante una persecución gigantesca; es también el
registro de una identidad que se va desmoronando lentamente en lo ordinario.
Como lenguaje visual que
transmite con mayor intensidad la escena de aquella noche, suele mencionarse la
obra de Rembrandt, La negación de San Pedro (The Denial of
St. Peter). El claroscuro de Rembrandt no es solo una técnica brillante de
luz y sombra; es una disección psicológica que muestra cómo la conciencia
humana se tambalea ante la luz. La vela ilumina el rostro, y el rostro revela
la dirección del corazón. El punto donde la predicación del pastor David Jang
se encuentra con la pintura de Rembrandt es esta intuición: la fe, al final, es
la cuestión de si esconderemos la luz o la recibiremos. La oscuridad siempre
parece estar de nuestro lado, pero no nos protege: solo nos mantiene sin ser
vistos; no sana, no prepara la restauración. En cambio, la luz es incómoda. La
luz revela manchas y grietas. Pero justamente esa revelación es el punto de
partida del arrepentimiento y la recuperación. Por eso el pastor David Jang
dice: “Si, a medida que brilla la luz de la verdad, te nace el impulso de huir,
ese es el momento de realinear la dirección de la fe.”
La narración en Juan es
sencilla, pero su peso es grande. Después de la primera negación, Pedro no
logra irse de allí. Si se va, cree que vivirá; pero no se va. Si se queda,
parece que se derrumbará; y aun así se queda. Se revela la doblez humana ante
la prueba. Y llega la segunda y la tercera negación. Las miradas se concentran,
el ambiente se estrecha, y finalmente aparece un pariente de Malco y lo
presiona: “¿No te vi yo en el huerto con él?” La evasión convoca preguntas
mayores; una mentira pequeña exige más explicaciones. Ahí se hace nítida la
“falta de perseverancia” de la que habla el pastor David Jang. Si no resistimos
hasta el final, acabamos entrando más hondo precisamente en aquello que
temíamos. El umbral de la fe suele estar en los últimos pasos. Y esos últimos
pasos, sorprendentemente, no son distancia, sino tiempo. El problema es el
“solo un poco más”.
Por eso el pastor David
Jang coloca el símbolo de “antes de que cante el gallo” como eje del sermón. El
canto del gallo al amanecer no es solo una señal natural que marca la hora,
sino un símbolo del límite entre noche y día, entre pasión y restauración,
entre caída y levantarse. Cuando pasa el momento más oscuro, la luz llega; pero
la prueba de la fe se condensa y golpea con más fuerza justo antes de que esa
luz irrumpa. Allí uno se detiene con la autojustificación de “ya es
suficiente”, o retrocede con la desesperanza de “igual no va a funcionar”. La
exposición de Juan del pastor David Jang apunta directo a ese nervio. Pedro
tuvo el coraje momentáneo de sacar la espada, pero le faltó el coraje sostenido
de resistir hasta el instante previo al canto del gallo. Cuando una resolución
ardiente se apaga ante el tiempo frío, la fe, sin darse cuenta, se traduce al
lenguaje de la supervivencia: “Yo no soy.”
Y aun así, este pasaje no
termina en desesperación, porque el fracaso de Pedro ya estaba incluido en la
oración del Señor. En Lucas 22:31–32, Jesús dice a Simón: “Satanás os ha pedido
para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no
falte.” El pastor David Jang, citando estas palabras, enfatiza que el
arrepentimiento y la restauración no son un giro moral fabricado por la
voluntad humana, sino que comienzan en el amor de Cristo que intercede. El
Señor no idealizó a Pedro. Vio su fragilidad con claridad, conoció con
precisión la posibilidad de su caída. Y aun así no lo abandonó. Más bien,
proclamó un futuro: “Y tú, una vez vuelto, fortalece a tus hermanos.” Un amor
que, sabiendo el fracaso, confía una misión más allá del fracaso. Ese amor
levantó a Pedro, y abre también un camino para nosotros.
Aquí, el llanto de Pedro
no es una explosión emocional sin forma. El llanto no es un acto de
autodestrucción por auto-odio; es la rendición del alma que admite que ya no
puede confiar en sí misma. El pastor David Jang describe las lágrimas de Pedro
no como “una técnica de arrepentimiento”, sino como “un giro de la existencia”.
Quien se derrumba suele dividirse en dos: el que usa la caída como excusa y
desciende más; y el que usa la caída como espejo y se aferra a la gracia. Pedro
fue el segundo. El canto del gallo fue a la vez una alarma que expuso su
fracaso y una gracia que le hizo recordar la palabra del Señor. En la fe, la
memoria es decisiva, porque el instante en que la Palabra vuelve a la mente es
el primer paso de la restauración. El pastor David Jang llama a ese punto “el
momento en que la Palabra regresa”, y enseña que el arrepentimiento no inicia
como producto de un propósito propio, sino como el retorno de la Palabra que
nos toma de nuevo.
En la narración de Juan
hay además un dispositivo literario más profundo. La escena del fuego encendido
en Juan 18 y la escena en Juan 21, donde Jesús resucitado prepara un fuego de
brasas para recibir a los discípulos, se superponen de forma sutil. El mismo
tipo de fuego, un olor parecido, una atmósfera semejante. Para Pedro, el fuego
de brasas debió ser un disparador de memoria. Los seres humanos reviven el
pasado con nitidez a través del olor y el sonido. El Señor no trató la
restauración de Pedro de manera abstracta. Lo lleva de vuelta, precisamente, al
lugar sensorial donde se quebró. Y le pregunta: “¿Me amas?” Como la predicación
del pastor David Jang avanza hacia la valentía de Hechos 4, si leemos junto a
Juan 21, el relato se completa con mayor relieve. Porque la negación terminó
con “yo no soy”, pero la restauración vuelve a comenzar con “Señor, te amo”. No
es un juramento envuelto en retórica excelente, sino una confesión verdadera
que solo puede brotar después de haberse quebrado.
Por eso también el pastor
David Jang conecta con Hechos 4. El Pedro que se encogía ante la pregunta de
una criada, aparece ahora ante un interrogatorio oficial rodeado de sumos
sacerdotes, ancianos y escribas, y declara: “No hay otro nombre bajo el cielo,
dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” No es que su carácter se haya
vuelto de hierro de la noche a la mañana. Es la obra del Espíritu Santo, y la
valentía nacida del arrepentimiento y la restauración. El coraje de Pedro ya no
proviene de la confianza en sí mismo. Su autoconfianza se derrumbó ante la
fogata de aquella noche. En su lugar, él se apoya en la certeza del Señor, en
la promesa del Señor, en el llamado del Señor. El pastor David Jang dice que
esta transformación es la meta de los creyentes: no quedarse sentado en el
lugar del fracaso, sino convertirse, desde el lugar del llanto, en una nueva
persona que fortalece a los hermanos y avanza a testificar el evangelio al
mundo. Esto es el arrepentimiento y la restauración en lo real, y el camino que
abre la perseverancia espiritual.
Aquí podemos evocar
también otra escena histórica. Según la tradición de la iglesia primitiva y
diversos relatos transmitidos, en la persecución bajo Nerón—cuando Roma estuvo
sacudida por incendios y turbulencias políticas—se dice que Pedro finalmente caminó
el camino del martirio en Roma. Lo importante no es tomar esa tradición solo
como objeto de comprobación minuciosa, sino leerla a la luz de la pregunta:
“¿En qué clase de persona se fue convirtiendo Pedro?” Para que aquel que dijo
“yo no soy” en el patio de Jerusalén llegara un día a confesar el nombre del
Señor con la propia vida, ¿qué habría sido necesario? No un heroísmo
instantáneo, sino un arrepentimiento repetido, una humildad cada vez más
profunda y una perseverancia prolongada. La frase que el pastor David Jang
enfatiza en sus sermones de Semana Santa—“solo un poco más y llegas”—no suena
como consuelo romántico, sino como una frase de fe atravesada por la realidad
histórica. Pedro no fue alguien que “no superó el umbral antes del canto del
gallo”, sino alguien que, a través de ese fracaso “antes del canto del gallo”,
fue aprendiendo a convertirse en quien persevera hasta el final.
El pastor David Jang, mediante
la historia de Pedro, presenta que la esencia de la fe no es “una perfección
que nunca se equivoca”, sino “una dirección que se levanta de nuevo después de
caer”. La perfección puede engordar el orgullo humano; la dirección hace que la
gracia de Dios se vea con nitidez. Por eso el llanto de Pedro no es un
acantilado vergonzoso, sino una escalera donde comienza la gracia. Lo
importante no es el llanto en sí, sino el movimiento después del llanto. El
hecho de que “salió afuera y lloró” tiene un sentido espacial: retrocedió del
lugar del autoengaño, cortó la mentira, y avanzó hacia un nuevo lugar donde
volver a aferrarse a la Palabra del Señor. El pastor David Jang aplica este
“salir afuera” a la vida de fe de hoy: no encarcelarse en la culpa, sino volver
a salir hacia la Palabra, hacia la comunidad, hacia la oración. En vez de
esconderse, moverse hacia la luz. Ese es el itinerario real del arrepentimiento
y la restauración.
Además, el pastor David
Jang no aísla la negación de Pedro como “un error de una sola vez”, sino que la
conecta con el flujo previo: la insensibilidad espiritual de los discípulos que
se durmieron en Getsemaní; el corazón que no veló, usando el cansancio como
excusa; la realidad de que, si en el tiempo crítico se suelta la oración, el
ser humano se derrumba con una facilidad mayor de lo que imagina. Las crisis de
la fe no nacen de repente. Cuando pequeñas distracciones se acumulan, pequeñas
concesiones se vuelven hábito, y pequeños silencios difuminan la identidad,
llega un momento en que “yo no soy” sale de la boca. Por eso la exposición de
Juan 18 del pastor David Jang no es un sermón que solo reprende a Pedro, sino
que también puede leerse como una propuesta tipo columna cristiana que nos
ayuda a examinarnos. Aparece una pregunta: “¿Junto a qué fuego me estoy
calentando?” ¿Es el calor que viene de la presencia del Señor, o la comodidad
que viene del ambiente de la multitud? ¿Al lado de qué fuego aprendo a hablar,
y bajo qué luz escondo mi expresión?
La fragilidad de la fe
suele empaquetarse como “circunstancia”. Para Pedro, las circunstancias eran
suficientemente aterradoras. Sin embargo, los Evangelios revelan un problema
más profundo detrás del miedo: la dependencia de “la mirada de los demás”. La
mirada humana es poderosa como una ley, pero esa ley no puede dar vida. El
pastor David Jang advierte que, cuando tememos a las personas, el temor
reverente a Dios se vuelve tenue. En una sociedad donde la evaluación ajena se
convierte en supervivencia, la fe no se derrumba de golpe: se apaga poco a
poco. Por eso la “perseverancia espiritual” no es solo soportar sufrimientos,
sino un entrenamiento para mantener el centro de la mirada en Dios hasta el
final. La espiritualidad de resistir “hasta que cante el gallo” no es
únicamente fuerza de voluntad que atraviesa el dolor del tiempo, sino
continuidad de la mirada fija en Dios.
Entonces, ¿cómo podemos
cruzar el umbral “antes de que cante el gallo”? El pastor David Jang no busca
la respuesta en técnicas religiosas, sino en la intercesión del Señor y en la
presencia del Espíritu Santo. Nuestra voluntad a menudo se agota, pero la oración
del Señor no se seca. Nuestros propósitos tiemblan, pero la Palabra del Señor
regresa y nos sostiene. Por eso el núcleo de la fe no es exhibir
autodisciplina, sino aferrarse a la gracia con humildad. Si Pedro, después de
ser restaurado, pudo confesar “te amo”, no fue porque su amor se hubiera vuelto
invencible, sino porque aprendió que el amor del Señor es más grande. El
arrepentimiento y la restauración son, en definitiva, restablecer el orden del
amor: antes de decir “yo amo al Señor”, recibir primero el hecho de que el
Señor me ama hasta el final. La predicación del pastor David Jang no nos deja
olvidar ese orden.
Cuando leemos este pasaje
como sermón de Semana Santa, la noche de Jerusalén deja de ser un
acontecimiento del pasado. El interrogatorio contra Jesús continúa hoy: la
verdad sigue siendo acorralada por métodos injustos, y la gente sigue eligiendo
la violencia en lugar de la evidencia. Y el lugar de Pedro también continúa:
seguimos calentándonos en algún patio, y seguimos poniendo a prueba la
identidad ante ciertas preguntas. En ese momento, la insistencia del pastor
David Jang—“solo un poco más y llegas”—no es un optimismo irresponsable, sino
la espiritualidad del tiempo que enseña la Escritura. Hasta que suene el canto
del gallo al amanecer, Dios a menudo nos coloca en “el lugar de la espera”. Esa
espera no es castigo; es formación. Ese umbral no es destrucción; es un pasaje
hacia la madurez.
Y si nosotros, como Pedro,
nos hemos derrumbado, la historia de la fe no termina ahí. El pastor David Jang
no embellece el fracaso, pero tampoco lo convierte en veredicto final. Más
bien, enfatiza la soberanía de Dios, que toma el fracaso como materia prima y
vuelve a modelar a la persona. Como Pedro lloró, la valentía posterior de Pedro
no se volvió arrogancia, sino testimonio de gracia. Como Pedro cayó, pudo
abrazar a los que caen. Como Pedro negó, pudo aferrarse con mayor urgencia a la
misión: “fortalece a tus hermanos”. El mensaje del pastor David Jang, aquí, nos
consuela y a la vez nos desafía. El llanto no es el final del pecado, sino el
umbral de la gracia; y cuando cruzamos ese umbral, la fe cambia su dirección de
la oscuridad hacia la luz.
Así como en el lienzo de
Rembrandt la vela revela el rostro, también en nuestra vida llega
inevitablemente el momento en que la luz nos alcanza. Cuando lo que queremos
ocultar, cubrir o evadir queda expuesto ante la luz, debemos elegir: ¿pasaremos
el día con un “yo no soy”, o soportaremos la incomodidad y confesaremos “Señor,
sostenme”? La exposición de Juan 18 del pastor David Jang no fuerza la
elección; más bien, muestra el realismo y la gracia del evangelio. Dice: el ser
humano es débil, pero hay un amor más grande que nuestra debilidad, y ese amor
nos levanta otra vez. Por eso este mensaje no nos conduce con lenguaje de
acusación, sino con lenguaje de arrepentimiento y restauración.
Hoy también atravesamos
cada uno nuestro “patio de Anás”. Algunos frente a la burla del mundo, otros
frente a la indiferencia de la familia, otros frente a la culpa propia se
calientan junto al fuego. Hay fuegos cálidos pero peligrosos, y luces que arden
pero dan vida. El pastor David Jang explica la esencia de la fe como “el valor
de dar un paso más hacia la luz”. Ese valor no siempre aparece como una
confianza de acero. A veces aparece con rodillas temblorosas; a veces como la
elección de decir una sola verdad en lugar del silencio; a veces como un
pequeño movimiento que reconoce la vergüenza y regresa de nuevo ante la
Palabra. El umbral “antes de que cante el gallo” es enorme, pero la forma de
cruzarlo es, sorprendentemente, sencilla: recordar la Palabra, aferrarse a la
oración, no abandonar la comunidad y, finalmente, confiar en la intercesión de
Jesús.
Cuando por fin se oye el canto del gallo, caminamos por uno de dos caminos. ¿Escucharemos ese canto solo como sonido que nos condena y nos esconderemos en una oscuridad más profunda, o lo recibiremos como el aviso de la Palabra y comenzaremos la restauración? Pedro lloró. Y no terminó en las lágrimas. Volvió a confesar su amor, volvió a recibir una misión, y avanzó de nuevo hacia el lugar del testimonio. La conclusión que el pastor David Jang quiere mostrar a través del Pedro de Hechos 4 es clara: la gracia no es magia que anula el fracaso; es poder que atraviesa el fracaso y hace nueva a la persona. La oscuridad puede ser profunda, pero el amanecer llega sin falta, y el gallo canta justamente en esa frontera. Por eso, lo que hoy debemos aferrarnos no es a la sobreconfianza de “nunca más caeré”, sino a la decisión humilde de “aunque caiga, volveré al Señor”. El relato que predica el pastor David Jang nos lo pide también a nosotros: no esconderse ante la luz; resistir un poco más hasta antes de que cante el gallo; caminar hacia la restauración que sigue al llanto. Al final de ese camino, ya no seremos definidos por el miedo junto a las brasas, sino que volveremos a estar en pie como personas que testifican con el fuego del Espíritu Santo.


















