A partir del sermón del Pastor David Jang sobre Romanos 3:1–8, este texto explica en profundidad el privilegio judío y el significado de la circuncisión, las excusas y objeciones teodiceicas con las que el ser humano interpela a Dios, y la conclusión tajante del evangelio: “¡De ninguna manera!”. Así, deshace el malentendido que acusa a Dios de ser el planificador del mal, y nos conduce a mirar de nuevo al Dios de amor y fidelidad.
El sermón del Pastor David Jang
(fundador de Olivet University) sobre Romanos 3:1–8 no intenta “alargar” un
pasaje breve con explicaciones extensas, sino persuadir a los oyentes
descifrando la toxicidad que se esconde dentro de las preguntas del texto. El
diálogo de preguntas y respuestas que Pablo despliega no es una simple clase de
doctrina: es un diagnóstico espiritual que sigue con precisión el curso de las
objeciones que brotan desde lo más profundo del corazón humano. Cuando nos
encontramos con el sufrimiento, preguntamos: ¿por qué un Dios bueno permite el
mal?, ¿por qué un gobierno justo no se manifiesta de inmediato?, ¿por qué el
mundo continúa durante tanto tiempo torcido y descompuesto? No se puede afirmar
que toda pregunta de este tipo sea irreverente. El lamento y la súplica también
son lenguaje bíblico. Pero en el momento en que la pregunta deja de ser un
gesto de confianza hacia Dios y se convierte en una postura de tribunal —sentar
a Dios en el banquillo y dictar sentencia de culpabilidad—, esa pregunta pasa a
ser el camino de lo “anti-Dios”, aunque se disfrace con el nombre de
“teodicea”. El Pastor David Jang, justo en ese punto de bifurcación, toma
prestado el lenguaje de Pablo y dice: el núcleo del evangelio, antes que “una
lógica para hacer comprensible a Dios”, es “una verdad que impide
malinterpretar a Dios”; y esa verdad, en ocasiones, no nos salva con
“explicaciones suaves”, sino con “límites tajantes” que detienen nuestra caída.
La pregunta de Pablo comienza con el
privilegio judío: “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la
circuncisión?”. A primera vista, parece una evaluación del valor de la
tradición; en realidad, es un mecanismo de defensa que salta de inmediato en
quienes han escuchado la crítica aguda de Pablo. Si Pablo afirma que el “judío
exterior” y la “circuncisión exterior” no son la esencia de la salvación, la
reacción natural es contra-preguntar: entonces, ¿por qué Dios mandó la
circuncisión?, ¿por qué concedió elección?, ¿por qué levantó instituciones? El
Pastor David Jang sostiene que esta contra-pregunta se repite hoy casi con la
misma forma dentro de la Iglesia: si el bautismo no es lo más importante, ¿por
qué bautizarse?, si el culto no es lo esencial, ¿por qué congregarse?, si el
cargo o ministerio no es lo central, ¿para qué establecer cargos? El ser humano
ama las “señales”, pero se cansa con facilidad de amar la “realidad” a la que
esas señales apuntan. Y en el momento en que la señal se confunde y se
convierte en un escudo que protege la propia justicia, la señal deja de ser una
ventana que muestra el evangelio y pasa a ser un velo que lo oculta.
La respuesta de Pablo es
inesperadamente simple y, a la vez, pesada: no dice que el judío no tenga
ventaja, sino que declara: “Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que
les ha sido confiada la palabra de Dios”. El Pastor David Jang enfatiza aquí el
matiz del verbo “confiar”: no es posesión, es encargo; no es fundamento para
presumir, es peso de responsabilidad. Ser depositario de la Palabra significa
no el derecho de adornarse con la voluntad de Dios como algo propio, sino el
deber de revelar esa voluntad al mundo. Y, sin embargo, ¿por qué la comunidad
judía, aun teniendo la Palabra, podía perder su esencia? Porque, en vez de
temer a Dios por medio de la Palabra, intentó justificarse a sí misma por medio
de ella. Por eso, el argumento de Pablo no termina en una crítica a los judíos:
regresa hacia los cristianos. El hecho de haber estado mucho tiempo en la
Iglesia, de conocer bien la Biblia, de manejar con soltura el lenguaje
teológico, no puede sustituir la obediencia verdadera delante de Dios. Como en
la imagen apocalíptica de “no medir el atrio exterior, sino medir el interior
del templo”, el evangelio apunta, antes que al mundo de afuera, al “interior
del creyente”. Cuando la fe se acomoda dentro del amparo de las instituciones,
el nombre de Dios termina convirtiéndose en burla en labios de los que no
creen. Entonces, la circuncisión se vuelve incircuncisión y el bautismo se
vacía en formalidad.
Para hacer aún más nítida esta lógica,
el Pastor David Jang traslada la mirada a la realidad de la Iglesia primitiva.
No solo los judíos encontraban a Cristo: la expansión del evangelio sacudió la
comunidad, y surgió una corriente que afirmaba: “solo son cristianos quienes se
circuncidan”. De ahí que Pablo, en Filipenses, advierta contra los que la
versión bíblica retrata como “los de la mutilación”, y defina la verdadera
circuncisión como una vida que sirve por el Espíritu, se gloría en Cristo Jesús
y no pone confianza en la carne. Y cuando Colosenses 2 proclama que la
“circuncisión no hecha a mano” se cumplió en la cruz de Cristo, no se trata
meramente de declarar abolido un rito, sino de declarar abolida la arrogancia
religiosa del ser humano. En ese punto, el Pastor David Jang afirma que el
espíritu de la Reforma fluye desde Pablo: “solo por la fe, solo por la gracia,
solo por la Escritura” no significa que la forma carezca de valor, sino que la
forma no puede reemplazar la realidad. En el instante en que se intercambian
los lugares —la señal ocupa el lugar de la realidad—, la fe deja de ser camino
de salvación y se convierte en un camino de autoengaño.
Y aquí, el pasaje entra de lleno en el
corazón de la teodicea. “¿Y si algunos fueron incrédulos? ¿Su incredulidad
habrá hecho nula la fidelidad de Dios?”. En la superficie, es una pregunta
lógica: si quienes recibieron el pacto no creen, ¿no ha fracasado Dios al dar
el pacto? Si tiembla el pueblo escogido, ¿no tiembla el plan de Dios? El Pastor
David Jang dice que esta lógica encierra una psicología humana astuta: el ser
humano prefiere culpar a Dios por los resultados que brotan de su incredulidad,
antes que reconocer su propia incredulidad. Cuando se construye el esquema de
“no es que yo no pueda creer, sino que no puedo creer porque Dios no es digno
de confianza”, la incredulidad deja de ser objeto de arrepentimiento y se
vuelve herramienta de autojustificación. En ese momento, la persona ya no está
preguntando a Dios: está redactando una acusación contra Dios. Algo similar
ocurre a menudo con las preguntas en torno al árbol del conocimiento del bien y
del mal en Génesis: “Dios podía impedirlo, pero no lo impidió; por tanto, Dios
es responsable”. Parece una búsqueda de explicación del dolor, pero fácilmente
se transforma en un dispositivo para trasladar la responsabilidad del pecado.
Por eso, la primera respuesta de Pablo
es decisiva, y es también la frase que el Pastor David Jang toma casi como
título de toda la predicación: “¡De ninguna manera!”. La fe no es un sistema
filosófico que ofrece respuestas pulidas para toda pregunta. Más bien, la fe es
una inteligencia moral que discierne qué preguntas nos conducen a la vida y
cuáles nos empujan a la destrucción. Frente a preguntas que convierten a Dios
en cómplice del mal, que lo presentan como arquitecto de la injusticia, la
Iglesia no puede negociar con elegancia: debe trazar una línea. “Sea Dios
veraz, y todo hombre mentiroso” no es cinismo ni desprecio a la humanidad; es
el lenguaje de una restauración que desplaza el centro de confianza del ser
humano a Dios. La verdad humana se tambalea con frecuencia según el interés; la
justicia humana se apresura a defender primero a los “suyos”. Dios, en cambio,
no se sostiene sobre excusas cambiantes, sino sobre un carácter inmutable.
Pablo trae la confesión del Salmo 51: Dios es justo cuando habla y puro cuando
juzga. El ser humano debe volver a su lugar: no como juez de Dios, sino como
quien es juzgado por Dios.
En este punto, el Pastor David Jang
introduce un hecho histórico para reencarnar la tensión del texto en la
realidad: el momento en que la Iglesia primitiva estuvo a punto de dividirse
por la cuestión de la circuncisión, es decir, el Concilio de Jerusalén. En
Hechos 15, la Iglesia no redactó simplemente un acuerdo administrativo; tomó
una decisión para preservar la esencia del evangelio. Frente al intento de
imponer el yugo de Moisés a los creyentes gentiles, los líderes —incluidos
Pedro y Jacobo— confirmaron, en sustancia, la libertad del evangelio: ¿por qué
poner sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nosotros pudimos llevar?
El Pastor David Jang cita este episodio con una intención clara: afirmar que
“sin circuncisión no hay salvación” parece piedad, pero en realidad es una
violencia que convierte la gracia en condición. Si la Iglesia cede a esa
violencia, el evangelio se reduce a institución, y Dios es malinterpretado: ya
no el Padre de amor, sino un administrador de normas. El Concilio de Jerusalén
no proclamó “la eliminación de toda forma”, sino “la prioridad de la gracia”; y
esa prioridad se encuentra con la misma firmeza de Pablo en Romanos 3.
El diálogo de Pablo no se detiene
porque las excusas humanas no se detienen con una sola respuesta. “Pero si
nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿Será
injusto Dios que da castigo?”. Aquí la pregunta se vuelve más peligrosa: si mi
injusticia hace brillar la justicia de Dios, ¿no es injusto que Dios me juzgue?
Y se amplía todavía más: “si mi mentira hace que la verdad de Dios abunde para
su gloria, ¿por qué soy juzgado como pecador?”. El Pastor David Jang llama a
esto “autojustificación disfrazada con máscara teológica”. La idea de que el
pecado sería “necesario” porque la gracia se ve mejor contra el fondo oscuro
del pecado termina produciendo una conclusión aterradora: “hagamos males para
que vengan bienes”. Por eso Pablo corta de raíz en el versículo 8: quienes
hablan así, justamente merecen condenación. El evangelio no instrumentaliza el
mal. Dios no aprueba el mal ni lo usa como materia prima para demostrar su
bien. Dios aborrece el mal y lo juzga; y, a la vez, aun en las ruinas del mal,
hace surgir el bien. La diferencia parece sutil, pero decide de manera
determinante tanto la ética de la fe como nuestra comprensión de Dios.
El Pastor David Jang advierte
especialmente contra “una teología que, por querer proteger la omnipotencia,
pierde el amor”. Decir “Dios es omnisciente y omnipotente, por tanto todo es
plan de Dios” puede ser, en ciertos contextos, un lenguaje piadoso para
confesar la soberanía divina. Pero, en el instante en que esa frase convierte
incluso el pecado humano en “diseño” de Dios, se vuelve un lenguaje que
calumnia a Dios. La misma lógica aparece con Judas: si Judas no hubiese
traicionado, ¿no habría cruz? Entonces, ¿su pecado fue inevitable, y hasta
meritorio? El Pastor David Jang afirma que ese razonamiento invierte el
evangelio. Los evangelios no presentan a Judas como un títere programado para
traicionar. Más bien, la puerta del arrepentimiento permaneció abierta hasta el
último momento, y el Señor amó hasta el fin. La cruz no es el relato del éxito
de un mal “predestinado”, sino el acontecimiento en que un amor rechazado
permaneció amor hasta el final. Dios no diseña el mal para producir el bien.
Dios carga sobre sí el resultado del mal elegido por el ser humano, y en ese
lugar abre un camino de salvación. La omnipotencia no puede separarse del amor;
una omnipotencia sin amor no es evangelio que vivifica, sino fatalismo que
asusta y somete.
Que la negación tajante de Pablo
empiece con “¡De ninguna manera!” se debe a que la teodicea no es un
rompecabezas intelectual, sino un asunto que orienta el rumbo del alma. La
sospecha de que Dios es injusto no suele nacer de falta de lógica, sino de heridas,
de agravios, de frustración. Por eso el Pastor David Jang no lee este texto
como una simple disputa de ideas. Él mira la capa profunda de la psicología
humana que se enfurece contra Dios y advierte cuán rápido esa furia, cuando se
solidifica en odio, desemboca en un colapso ético: “entonces, puedo hacer el
mal”. Una teología que enseña a odiar a Dios termina destruyendo también a la
persona. En cambio, cuando regresamos a la confesión de que Dios es verdadero,
justo y fiel, el ser humano por fin reconoce su pecado como propio, y en ese
reconocimiento comienza el arrepentimiento. Arrepentirse no es un auto-reproche
emocional; es una madurez espiritual que recupera el lugar de la
responsabilidad. En el instante en que Adán dijo “fue por la mujer que tú me
diste”, el pecado dejó de ser solo acción y se volvió ruptura de relación.
Arrepentirse es deshacer esa ruptura: volver a estar de pie ante Dios
reconociendo quién soy.
El Pastor David Jang vuelve a traer el
texto a la Iglesia de hoy y pregunta: como “depositarios de la Palabra”, ¿con
qué actitud vivimos? ¿La Palabra se ha convertido en un adorno que da autoridad
a mis opiniones, o en una espada que me hiere y me renueva? Lo que se nos
confió no es superioridad, sino misión. Cuando perdemos esa misión, el lenguaje
de la Iglesia puede sonar al mundo no como evangelio, sino como hipocresía. Así
como Pablo dijo a los judíos: “por causa de vosotros el nombre de Dios es blasfemado
entre los gentiles”, también hoy, si el creyente no testifica con su vida, el
mundo se burla de Dios. Por eso, la “circuncisión del corazón” nombra tanto una
piedad interior como una responsabilidad pública de la comunidad. El pacto
grabado en el corazón debe manifestarse necesariamente en el tejido de la vida.
El bautismo no es un pase mecánico que sustituye la fe del corazón; debe ser la
señal por la cual, ante la comunidad, confesamos que la fe ha echado raíz real
en nosotros. Cuando la señal tapa la realidad, deja de ser instrumento de
salvación y se convierte en certificado de autoengaño.
Finalmente, la conclusión a la que
llega el sermón del Pastor David Jang nos conduce a un lugar más hondo que una
explicación lógica de la teodicea. “¡De ninguna manera!” no es solo una frase
de refutación: es una frase de confesión. Dios no planea el mal. El ser humano
es quien se aparta primero. Sin embargo, Dios se revela con un amor que
persigue hasta el final a quienes se fueron. Ese amor no se muestra como
coerción violenta, sino como espera, persuasión y entrega de sí mismo. Por eso,
la cruz no es un escenario donde Dios “calcula” lograr el bien a través del
mal; es el corazón de Dios que, a la vez que desenmascara cuán cruel es el mal,
lo carga con amor. Seguimos preguntando: ¿por qué Dios no elimina el mal de
inmediato? Pero Romanos 3 transforma esa pregunta: de “una pregunta que acusa a
Dios” a “una pregunta que clama ante Dios con confianza”. En el momento en que
dejamos de imputar a Dios y, en cambio, reconocemos nuestra falsedad delante de
Él, la teodicea deja de ser una filosofía que derrumba la fe y se convierte en
una contrición que la purifica. Entonces, por fin, podemos rechazar la
tentación venenosa de “hacer el mal para que venga el bien” y recibir fuerzas
para obrar el bien sobre la confesión: “Dios es verdadero”. La dignidad del
evangelio que el Pastor David Jang recalca una y otra vez es esta: no
malinterpretes al Dios fiel. No deformes la justicia de Dios hasta convertirla
en licencia para pecar. Como depositario de la Palabra, no te apoyes en la
señal: vuelve a la realidad. Y aun en medio de una era de dolor, en vez de
sentar a Dios en el banquillo, vuelve al abrazo de Dios. Solo allí se detienen
las excusas humanas, y la verdad de Dios nos rehace, de nuevo, como verdaderos
seres humanos.


















