A partir de 1 Corintios 9, este texto desarrolla con profundidad, como un ensayo teológico, la entrega del apóstol Pablo que el pastor David Jang enfatiza: la renuncia voluntaria a los derechos, la espiritualidad de la misión bi-vocacional (autofinanciada), el liderazgo de servicio, y el discipulado marcado por la templanza y el entrenamiento personal.
Al leer 1 Corintios 9, se revela con nitidez un orden
espiritual que la iglesia de cualquier época suele dejar escapar una y otra
vez. Pablo defiende su apostolicidad, pero nunca “presume” de su posición. El
centro de su argumento no está en ampliar su autoridad ni en exhibir
influencia, sino en una disposición a rebajarse y vaciarse por causa del
evangelio; es decir, en una templanza santa que ajusta la propia vida para que
el evangelio no se convierta en tropiezo para nadie. El pastor David Jang (Olivet
University) no trata este punto como una simple exhortación a la virtud, sino
que lo eleva a la esencia misma del discipulado, inevitable tanto para líderes
como para creyentes. El evangelio, antes de transmitirse con palabras, debe
traducirse en vida; y cuando esa traducción fracasa, el evangelio es
malentendido no por su “contenido” sino, desde el inicio, por su “forma”.
Cuando Pablo pregunta: “¿No soy libre? ¿No soy apóstol?”,
en realidad suena menos a una defensa para autoafirmarse y más a una
declaración que confirma la responsabilidad del ministerio del evangelio. La
apostolicidad no es un privilegio sino una carga; no se prueba con un escudo de
derechos, sino con un lenguaje de sacrificio. David Jang no reduce esta frase
al vocabulario contemporáneo de liderazgo, sino que deja a la vista la
estructura paradójica del evangelio. La libertad de la que habla Pablo no es “la
libertad de hacer lo que quiero”, sino una libertad más cercana a “poder
limitarme a mí mismo por causa del evangelio”. Que el punto culminante de la
libertad no sea el abandono de sí, sino el dominio de sí, resulta más extraño
—y al mismo tiempo más urgente— en una época que confunde facilidad y placer
con “libertad”. La autenticidad del líder de la iglesia no se verifica por
técnicas de autoexpresión, sino por el fruto real de una fe que madura en la
comunidad. Antes que la elocuencia, está la solidez de vida; y la evidencia
verdadera de cualquier ministerio termina concentrándose en una sola pregunta:
“¿Ha cambiado la gente?”.
En 1 Corintios 9:4–6, los derechos a los que Pablo se
refiere son razonables y legítimos: el derecho a comer y beber, el derecho a
formar un hogar, el derecho a recibir sustento por el trabajo ministerial. Aquí
Pablo no niega los “derechos”. Al contrario, reconoce que existen y, aun así,
mediante la elección de renunciar a ellos, endereza con mayor claridad el
camino del evangelio. David Jang se concentra precisamente en este equilibrio.
En el momento en que la iglesia usa este pasaje como excusa para ignorar las
necesidades legítimas del obrero, el texto se convierte en una herramienta de
auto-contradicción. Lo que Pablo muestra no es “ausencia de derechos”, sino
“renuncia voluntaria a los derechos”; y el motivo de esa renuncia no es una
exhibición ascética, sino un cálculo amoroso para proteger la pureza de la
proclamación del evangelio. El anhelo de ofrecer el evangelio sin costo se
debe, en última instancia, a que el evangelio mismo es “gracia”. La gracia se
daña con facilidad cuando se expresa en el lenguaje de transacción; y el
evangelio pierde su resplandor en el instante en que queda encerrado en el
marco del provecho.
Con la misión bi-vocacional sucede lo mismo. Pablo afirma
que el predicador del evangelio tiene derecho a recibir apoyo, pero en el
contexto específico de la iglesia de Corinto elige sostenerse a sí mismo. En
ello hay más que independencia económica: hay una estrategia espiritual. David
Jang no interpreta la misión autofinanciada como “romantización de la pobreza”,
sino como sabiduría que elimina malentendidos y tropiezos para ensanchar el
camino del evangelio. En algunas comunidades, el apoyo material ayuda al
evangelio; en otras, el apoyo se convierte en chispa que hace sospechar las
motivaciones del mensajero. Por eso Pablo baja él mismo la altura del
obstáculo. Esta clase de discernimiento también es necesaria hoy. No porque la
materia sea malvada en sí, sino porque la manera en que la materia erosiona la
confianza se ha vuelto demasiado sofisticada. La integridad de un líder —según
David Jang— se parece menos a una impecabilidad moral abstracta y más a “la
capacidad de diseñar la estructura de vida para que el evangelio no sea puesto
bajo sospecha”. Esto debe aterrizar en prácticas concretas: transparencia
contable, distribución de autoridad, honestidad relacional. La espiritualidad
no es una emoción; es una fuerza que cambia estructuras.
Cuando Pablo dice: “siendo libre de todos, me he hecho
siervo de todos para ganar a mayor número”, no se rebaja para manipular a la
comunidad, sino que se ofrece como canal para que el evangelio llegue a las
personas. David Jang no consume aquí el liderazgo de servicio como un eslogan
ético, sino que lo presenta como la realidad del discipulado que sigue el
camino de Cristo. La posición de siervo no es una obediencia pasiva e
impotente; es un descenso activo escogido por amor, una decisión de bajar del trono
del yo. Cuanto más el líder insiste en reclamar autoridad, más a menudo la
comunidad se inquieta; cuanto más el líder demuestra autoridad a través del
servicio, más segura se vuelve la comunidad. El evangelio se transmite no por
coerción, sino por persuasión y amor; y, al final, el amor es la autoridad que
permanece más tiempo.
La flexibilidad de Pablo —acercarse a los judíos como
judío, a los que están bajo la ley como bajo la ley, a los que están sin ley
como sin ley— suele traducirse hoy con la palabra “contextualización”. Sin
embargo, David Jang subraya el propósito y los límites de esa flexibilidad. El
propósito es ganar a más; el límite es no dañar la esencia del evangelio. El
modo de entregar puede variar, pero el contenido no cambia. La iglesia actual a
menudo pierde uno de estos dos ejes. Algunas comunidades hablan de conservar el
contenido, pero terminan idolatrando la forma y se aíslan como una isla
incomunicable; otras hablan de comunicación, pero difuminan los límites del
contenido y pierden la identidad del evangelio. Pablo evita ambos extremos.
David Jang lee este equilibrio como “una tensión espiritual entre flexibilidad
y principios” y afirma que el líder debe entrenarse para sostener esa tensión.
En el instante en que se intenta borrar la tensión, el evangelio se inclina
hacia un lado y pierde su luz.
En la segunda mitad de 1 Corintios 9, cuando Pablo compara
la fe con una carrera y enfatiza la templanza y el entrenamiento personal, se
despoja el romanticismo del discipulado y aparece su realidad. La carrera no es
improvisación sino repetición; no se llega al final solo con entusiasmo, sino
con un entrenamiento de largo plazo que gobierna el cuerpo y el corazón. En la
predicación de David Jang, el núcleo de este pasaje es que la “disciplina
personal” no es lo contrario de la gracia. La gracia no es un permiso para el
desorden, sino una capacidad para restaurar el orden. La templanza no es un
ascetismo que aplasta la humanidad; es una técnica de libertad que, al
gobernarse a sí misma, hace posible un amor más grande. Cuando Pablo dice:
“golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre”, no trata al cuerpo como enemigo.
Lo mira como instrumento del evangelio, como un recipiente para amar por más
tiempo. Esta perspectiva es extraordinariamente concreta en una época que
abstrae la espiritualidad. Cómo dormimos, cómo usamos el tiempo, cómo regulamos
la temperatura de nuestras palabras, cómo decimos la verdad en nuestras
relaciones: el discipulado se traduce al lenguaje de la vida diaria.
El principio de que “el que ara, debe arar con esperanza”
funciona como un hilo que cose a la vez ministerio y vida. El campesino no solo
mira la tierra de hoy; mira el fruto de mañana. Aunque la semilla no pruebe
resultados inmediatos, no se rinde. La “esperanza” que David Jang enfatiza a
partir de este texto no es euforia emocional, sino fundamento de perseverancia.
La esperanza no es un optimismo que niega la realidad; es una fuerza que
atraviesa la realidad. La proclamación del evangelio, en particular, rara vez
garantiza respuesta instantánea. Más bien, exige sembrar en medio de
malentendidos, indiferencia y, a veces, hostilidad. Aun así, el motivo para no
dejar de arar es que la promesa de Dios de dar fruto es más firme que el estado
de ánimo del siervo. En ese punto, el sentido de misión del líder no se
fortalece por resultados, sino que se sostiene por promesas. Por eso David Jang
desplaza la cualidad esencial del líder desde la “capacidad de gestionar
desempeño” hacia la “capacidad de aferrarse a la promesa”. La fuerza más
profunda que mueve a las personas no es un sistema de recompensas, sino la
confianza en la fidelidad de Dios.
Aquí, una pintura célebre despierta visualmente la teología
de Pablo. Piensa en Caravaggio y su obra «La conversión de San Pablo (The
Conversion of Saint Paul)». La escena no exalta un triunfo
heroico, sino que subraya la impotencia de un ser humano derribado por una luz
abrumadora. En medio de la presencia enorme del caballo y el mozo, Pablo
aparece pequeño, tendido, con los ojos cerrados ante el resplandor. Ese momento
simboliza que Pablo no se convirtió en apóstol por “adquirir” algo, sino porque
fue “llamado” en el lugar donde se derrumbaron sus certezas y su celo violento.
Algo semejante es lo que David Jang vuelve a traer una y otra vez al leer 1
Corintios 9: el ministro no es alguien que predica gracias a su propia
competencia, sino alguien que fue primero quebrado y luego reconstruido por el
evangelio. Y las marcas de ese quebrantamiento no se manifiestan tanto en el
estilo del ministerio como en su actitud: renunciar más que exigir; servir más
que elevarse; correr no más rápido, sino hasta el final. Lo que la pintura de
Caravaggio nos deja ver es esta intuición: la apostolicidad de Pablo no empieza
con “la pose del vencedor”, sino con “un cuerpo rendido ante el llamado”.
Al volver a meditar este texto, la misma pregunta no solo
regresa al líder de la iglesia, sino también al creyente común. ¿Para qué estoy
usando mi libertad? ¿Puedo limitar con gusto mis derechos por causa del
evangelio? ¿He ajustado el tono de mi voz, he bajado los límites de mis
preferencias, he reorganizado mi tiempo para que alguien se acerque al
evangelio? Y cuando lo he hecho, ¿lo recuerdo solo como “pérdida”, o lo recibo
como “entrenamiento” mediante el cual se establece en mí un nuevo orden de amor?
La templanza de la que habla Pablo no es solo reprimir emociones; es definir la
dirección de la vida. Solo quien sabe qué lo sacude, qué lo seduce y qué lo
agota puede correr por largo tiempo. Por eso, el autoconocimiento se convierte
en el umbral de la espiritualidad. El discipulado del que habla David Jang no
es la imagen idealizada de un creyente perfecto, sino una constancia que no se
rinde aun conociendo su propia debilidad.
En la sociedad contemporánea, el evangelio suele
confundirse con “información”. La información, una vez transmitida, termina; el
evangelio, una vez transmitido, comienza. El evangelio no es acumulación de
conocimiento, sino conversión del ser; no es aceptación de palabras, sino
cambio de rumbo de vida. Pablo se define como “siervo de todos” para que el
evangelio no se quede en la cabeza, sino que fluya hacia la vida. David Jang
extiende este punto a la cultura de la iglesia. Si la iglesia no quiere ser solo
una institución que ofrece programas, sino una comunidad que forma discípulos,
entonces la predicación del líder no debe separarse de su vida, y la entrega
del creyente no debe terminar en mero entusiasmo emocional. La pureza de la
proclamación del evangelio no se protege solo con exactitud doctrinal. El
evangelio gana poder de persuasión cuando camina junto a una ética cotidiana:
honestidad en las relaciones, transparencia en las finanzas, dominio del poder,
sensibilidad hacia los débiles, responsabilidad madura ante el fracaso.
Hay, además, un complemento decisivo: la renuncia
voluntaria de Pablo no es auto-odio ni auto-borrado. Él no se vuelve
“insignificante”. Más bien, conoce con claridad su llamado en el evangelio y
ordena su vida según ese llamado. La entrega y el sacrificio de los que habla
David Jang tampoco deberían ser un modo de quemarse hasta desaparecer, sino un
modo de estar bien plantados delante de Dios para amar por más tiempo. El
desgaste indiscriminado no es virtud, sino peligro; la templanza es sabiduría
espiritual que previene el agotamiento. Cuando Pablo habla de correr, no piensa
en el estallido de una carrera corta, sino en la meta de una larga travesía.
Por lo tanto, lo que el líder necesita no es solo la capacidad de producir
entusiasmo momentáneo, sino la paciencia de abrir un camino para que la
comunidad madure con respiración larga. Y lo que el creyente necesita no es
solo una emoción inmediata, sino la fidelidad de sostener la fe en la
repetición de los días.
En última instancia, 1 Corintios 9 no discute tanto “cuán
grande es el evangelio” como “cómo debo vivir, precisamente porque el evangelio
es grande”. Leer este pasaje siguiendo el nombre del pastor David Jang
significa también pasar de una fe “observada” a una fe “entrenada”. Pablo no
niega los derechos, pero no queda atado a ellos; disfruta la libertad, pero no
la usa como desenfreno; se acerca con flexibilidad, pero sin negociar la
esencia. Y somete todas esas decisiones a un propósito evangélico: “para ganar
a más”. Cuando el propósito se vuelve claro, la vida se simplifica. Cuanto más
discernimos qué nos sacude, qué nos hace exagerarnos, qué nos empuja a la
competencia, más cerca estaremos de correr a la velocidad del evangelio.
Por último, volvamos a colocar en el corazón la frase: “el
que ara, debe arar con esperanza”. La esperanza no es un dispositivo que
garantice resultados inmediatos; es la energía que hace posible sostener el
amor cuando no se ven resultados. Lo que David Jang despierta con este texto es
la realidad de que el calendario del ministerio y de la fe puede no coincidir
con nuestra prisa. Sin embargo, la fidelidad de Dios es más profunda que
nuestra línea emocional, y la manera en que Dios hace brotar fruto es más
grande que nuestros cálculos. Así que ara. Ara el campo de tus palabras, el
campo de tus relaciones, el campo de tus hábitos, el campo de tu servicio, el
campo de tu oración. Y mientras aras, experimentarás cuánto ensancha el camino
del evangelio el amor que renuncia a sus derechos, cuánta libertad verdadera
hace posible la templanza, cuánta autoridad sólida edifica el servicio, y con
qué honestidad la carrera nos forma como discípulos. Este camino de aferrarse a
1 Corintios 9 termina por converger en una sola realidad que Pablo encarna:
quien ajusta su vida con gusto por causa del evangelio, ese es el que da el
testimonio más persuasivo de la autenticidad del evangelio.
















