Siguiendo la exposición de Hechos 2 del pastor David Jang, se lee orgánicamente el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés: el nacimiento de la Iglesia que avanza del aposento alto de Marcos a la plaza pública, el don del Espíritu, el arrepentimiento y el bautismo, y hasta la comunidad económica de la gracia en la iglesia primitiva.
La exposición de Hechos 2 del pastor David Jang (Olivet
University) comienza condensando en una sola escena un desplazamiento inmenso:
“del aposento alto a la plaza”. El día en que el aire de Jerusalén se vuelve de
pronto más pesado, la gente se mira de reojo mientras discute el rumor del
“sepulcro vacío” que se esparció tras la crucifixión. El poder teme a los
rumores, el miedo lleva a desconfiar del prójimo, y la desconfianza empuja a
las personas hacia espacios estrechos. En ese contexto, no es casual que el
lugar elegido por los discípulos haya sido el aposento alto de Marcos. Ese
aposento no es solo un “piso superior” como ubicación; es, más bien, la altitud
(altura interior) del deseo de esconderse. Abajo, la calle bulle; arriba, el
cerrojo tranca la puerta, y el viento que se cuela por la rendija de la ventana
a veces golpea el corazón. El pastor David Jang lee este “upper room” no como
un simple telón de fondo, sino como un barómetro de presión del alma. Porque el
evangelio, precisamente en la densidad del miedo, revela una luz aún más
nítida. Cuando el temor se vuelve más espeso, Dios rasga el velo más fino y
entra. Lo que los discípulos esperaron allí no fue meramente seguridad, sino
una promesa. La orden “esperad la promesa del Padre” puede sonar, en términos
realistas, como una instrucción para resguardar el último escondite; pero,
espiritualmente, es entrenamiento para preparar la plaza del futuro. El
aposento alto no es una fuga: es una antesala. La fe no es un anestésico que
niega la realidad; es la actitud de mirar la realidad de frente y, aun así,
aferrarse a una promesa más grande que esa realidad.
El tiempo del descenso del Espíritu Santo en Pentecostés,
tal como lo proclama David Jang en su exposición de Hechos 2, no es un simple
día del calendario. El Pentecostés registrado en Hechos 2 está incrustado en el
flujo de las fiestas judías. Una celebración que reúne multitudes venidas de
todas partes; una ciudad donde lenguas y culturas se mezclan; y, dentro de esa
ciudad, una comunidad escondida. Cuando todas esas condiciones convergen en un
punto, el “cronos” se transforma en “kairós”. Si cronos es el tiempo que fluye,
kairós es el tiempo en el que el sentido llega a destino. Hay momentos que
simplemente pasan, y hay momentos que, al pasar, cambian el mundo. David Jang,
conocido también con el apelativo de pastor Jang Dawit, interpreta esta
transición como “el horario de la gracia”. Cuando Dios cumple su promesa,
prepara también el escenario donde el testimonio puede difundirse. Por eso, la
intimidad del aposento alto se convierte en preludio de la proclamación en la
plaza. La paradoja de que el espacio donde uno se esconde se convierta, de
pronto, en el espacio donde todo se revela: esa paradoja es la primera frase de
la Iglesia. Cuando se entiende esta paradoja, se asimila con naturalidad que la
fe no es un pasatiempo secreto e individual, sino una vocación pública que se
manifiesta en el mundo como luz y sal.
La narración de Hechos es sensorial. Se oye el viento, se
ve el fuego y estalla el lenguaje. El “estruendo como de un viento recio que
soplaba” captura el oído, y “lenguas como de fuego, repartidas” fijan la
mirada. Pero el punto decisivo que subraya el pastor David Jang viene después:
el fuego y el viento no son el final; lo crucial es que esa experiencia
sensible migra a los labios, y entonces el mundo se reordena. Las lenguas no
son un adorno de una vivencia mística; son un acontecimiento en el que estalla
la “accesibilidad de la Palabra”. Se derrumban las barreras de comunicación y
se revela que el evangelio no pertenece en exclusiva a una sola comunidad
lingüística. Si el episodio de la Torre de Babel dispersó los idiomas por la
soberbia humana, volviendo extraños a los seres humanos unos para otros,
Pentecostés es el momento en que la gracia de Dios, a través del lenguaje,
permite volver a reconocerse. David Jang llama a este punto “el instante de
integración sobre la historia de la división” y afirma que el nacimiento de la
era del Espíritu Santo no es solo un éxtasis individual, sino el inicio de una
traducción comunitaria. Traducir no es sustituir palabras; es trasplantar el
corazón. La traducción del Espíritu no es una técnica para imitar el idioma del
otro, sino una capacidad para comprender el dolor y el anhelo del otro. Por
eso, el lenguaje del Espíritu siempre fluye hacia “comprender al otro”. Cuando
la Iglesia pierde la capacidad de comunicarse con el mundo, quizá no sea porque
el Espíritu haya desaparecido, sino porque dejamos de cooperar con la
traducción del Espíritu.
La profecía de Joel 2 ofrece la interpretación lingüística
de este acontecimiento. “Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne” no coloca
al Espíritu como propiedad privada de un cargo, ni como monopolio de un pueblo.
David Jang se aferra con claridad a la palabra “toda”. Siervos y siervas,
jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, centro y periferia, templo y calle,
eruditos y pescadores: ante el derramamiento del Espíritu, esas paredes se
vuelven delgadas. El don del Espíritu no es una escalera humana para ascender
de clase; es la línea vertical de Dios por la que la gracia atraviesa todas las
capas. Que “lenguas de fuego” se posaran sobre cada uno no significa que el
grupo se haya fundido en una masa amorfa, sino que cada persona quedó de pie,
directamente, ante la presencia de Dios. La comunidad no nace borrando al
individuo, sino cuando el individuo es renovado ante Dios. Así, Pentecostés no
es la fiesta del individualismo; es el acontecimiento que muestra “cómo
individuo y comunidad se renuevan simultáneamente”. Al mismo tiempo, es una
invitación a la vida de la Trinidad. El Espíritu Santo no es una energía
religiosa que flota sola; es el aliento de una comunión profunda donde se
encuentran el amor del Padre y la obediencia del Hijo, y que entra en la Iglesia.
Por eso, recibir al Espíritu no significa solo adquirir una capacidad, sino
participar en la comunión del Dios trino; y esa participación desemboca en
restauración de relaciones y en prácticas concretas de hospitalidad.
Un rasgo particular de la predicación de David Jang es que
no deja esta escena bíblica en el terreno de una doctrina abstracta, sino que
la expande con imaginación estética. Convoca una obra maestra para comentar
visualmente Pentecostés. En 〈Pentecostés〉 de El Greco, los rostros de los discípulos no son retratos pulcros,
sino facciones tensas, deformadas por el temblor y el sobrecogimiento; y la luz
que desciende desde arriba se parece menos a un contorno sólido que a una llama
en movimiento. Ese cuadro no “ordena” el acontecimiento para hacerlo fácil;
muestra la “vibración” que el acontecimiento produjo. En la imagen, la frontera
entre cielo y tierra no se separa con una línea; la caída de la luz atraviesa
los cuerpos. Mediante esta pintura, David Jang insiste en que la presencia del
Espíritu no es una simple elevación emocional, sino una reubicación ontológica.
Cuando el miedo encoge a una persona, el cuerpo se contrae hacia un cuarto
pequeño; cuando llega el Espíritu, el cuerpo vuelve a abrirse hacia el mundo y
el rostro cambia a un “gesto que no puede dejar de hablar”. La estética no es
un adorno de la doctrina; es otro lenguaje que explica cómo la doctrina nos
transforma. A menudo intentamos comprender la teología solo en frases, pero en
la vida real la fe se manifiesta en el rostro, el paso, y la manera de elegir.
Así como el trazo de El Greco no esconde el temblor, la presencia del Espíritu
no borra la fragilidad humana; la atraviesa, y desde esa fragilidad hace nacer
una valentía nueva.
La transformación de los pescadores de Galilea es la
evidencia más clara de esa reubicación. David Jang dice: “No es que los
pescadores galileos se volvieran de pronto oradores elocuentes”. Seguían siendo
pescadores, y seguramente conservaban un acento tosco. Pero, al venir el
Espíritu, cambió su centro. Puede que el miedo no desaparezca por completo; la
cuestión es si el miedo ocupa el centro o si la gracia ocupa el centro. El
primer sermón de Pedro nace no de una técnica lingüística, sino de ese cambio
de centro. Recibió la valentía de decir “vosotros” delante de la multitud. Esa
valentía no era agresividad, sino el lenguaje de la responsabilidad. “Vosotros
matasteis al Autor de la vida” no era un eslogan para humillar a la gente, sino
un grito que obliga a enfrentar el pecado para conducir hacia la vía de la
salvación. David Jang llama a este pasaje un “drama judicial” porque el sermón
no es un espectáculo que maquilla los hechos para emocionar a la audiencia; es
una proclamación que pone a las personas frente a la verdad. Cuando comienza la
proclamación, se derrumba la racionalización defensiva y el ser humano, por
fin, se pregunta a sí mismo: “¿Qué haremos?” Esa pregunta también es el punto
de partida de la fe. La salvación no comienza en la autoafirmación de “estoy
bien”, sino en la confesión honesta: “me he perdido”. David Jang insiste en que
esa honestidad es la rendija por donde entra la gracia.
El camino que Pedro presenta no es complejo:
arrepentimiento, bautismo y el don del Espíritu Santo. David Jang llama a esa
sencillez “el minimalismo del evangelio” y ve allí el núcleo de la fe.
Arrepentirse no es un remordimiento emocional; es un cambio de dirección. Es la
decisión de mover el centro de la vida de la autoconservación hacia la
confianza en Dios. El bautismo no es solo una señal de determinación privada;
es también la marca de pertenencia comunitaria. El agua es herramienta de
limpieza y símbolo de entierro. Sobre el agua se traza una frontera: muere el
viejo yo y nace el nuevo. Y el don del Espíritu es la energía que hace posible
la vida al otro lado de esa frontera. La voluntad humana desea cambiar, pero
suele devolverse a sí misma. El Espíritu, en cambio, sostiene el corazón que se
vuelve, extiende la dirección del arrepentimiento hasta convertirla en hábito,
el hábito en carácter, y el carácter en cultura comunitaria. David Jang dice:
“La gracia no es la explosión del inicio; es la respiración de la
perseverancia”, y subraya que la era del Espíritu no es una fiesta de una sola
vez, sino una revolución de largo aliento que reestructura la vida cotidiana.
Aquí “revolución” no es un panfleto que convierte al mundo en enemigo; es una
subversión profunda, silenciosa, que cambia el trono del corazón. Cuando Cristo
se vuelve Señor allí donde yo era dueño, el ser humano queda libre de una vida
consumida por el esfuerzo de protegerse a sí mismo, y recibe fuerza para vivir
para amar.
En este punto, David Jang entrecruza los “tres mil” de
Éxodo 32 con los “tres mil” de Hechos 2. El relato de que, al quebrarse la ley
al pie del Sinaí, murieron tres mil, y el relato de que, tras Pentecostés, tres
mil fueron bautizados y nació la Iglesia, no comparten el mismo número por
casualidad. David Jang lo expresa como un contraste entre “el funeral de la Ley
y la fiesta de cumpleaños de la gracia”. No es que la Ley sea mala; la Ley es
espejo que revela el pecado humano, y ante ese espejo el ser humano suele
descubrir la realidad de la muerte. La gracia no rompe el espejo; es la mano
que levanta de nuevo al ser humano derrumbado frente al espejo. Por eso, la
lógica del evangelio no es “sé más perfecto”, sino “aférrate a mí”. El ser
humano no sobrevive por su propia justicia; vuelve a empezar por la
misericordia de Dios. Esa paradoja es el corazón del cristianismo. David Jang
no reduce la gracia a una amnistía barata. Al contrario: porque la gracia no
toma el pecado a la ligera, encara el pecado y, aun así, no deja a la persona
abandonada en la desesperación; se manifiesta como el poder de Dios. La gracia
no disminuye el peso del pecado; es otro peso —el peso del amor de Dios— que
permite soportar el pecado sin quedar aplastados.
En el calor de Pentecostés, el cambio más realista es el
nacimiento de una comunidad. La comunidad económica de la iglesia primitiva de
la que habla Hechos 2 no es una utopía romántica, sino el laboratorio del
Espíritu. “Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el
partimiento del pan y en las oraciones” no es un programa de culto, sino la
descripción de un ritmo de vida. David Jang entiende la Iglesia no como “un
conjunto de programas”, sino como “una comunidad que respira”. La Palabra da
dirección, la comunión envuelve heridas, la Cena imprime memoria, y la oración
convierte el miedo en valentía. Cuando ese ritmo se sostiene, también se
renueva la economía de la comunidad. Si la posesión se absolutiza, la relación
se vuelve contrato; y el contrato desemboca en ruptura y traición. Pero en la
era del Espíritu, la posesión se recoloca como herramienta para servir a la
relación. El compartir de Hechos 2 no es igualitarismo coercitivo; es la
expresión de una responsabilidad voluntaria. Cuando la necesidad de alguien
llega a la comunidad como una “petición” en oración, las finanzas dejan de ser
una factura y se convierten en respuesta. David Jang dice que esta conversión
económica es, precisamente, el camino más concreto para pasar del aposento alto
a la plaza. El Espíritu realiza la promesa no tanto con grandes eslóganes, sino
con la materialización de una comunidad donde nadie queda “descartado”. Esa
promesa se convierte hoy en una pregunta para la Iglesia: ¿hemos explicado la
Iglesia solo con el lenguaje del crecimiento y el éxito, o estamos listos para
reaprenderla con el lenguaje de la necesidad y el cuidado?
La palabra “gracia” puede volverse roma por familiaridad.
Pero David Jang define la gracia como “la fuerza que reconfigura la realidad”.
La gracia no es un perfume que crea atmósfera religiosa; es el motor que
desmantela una estructura dominada por el miedo y pone en movimiento la
valentía. El paso “del miedo a la valentía” no termina en un cambio de
emociones. El miedo encierra a la persona en la obsesión por la autoprotección;
la valentía conduce a asumir riesgos por el bien del otro. Pedro pudo predicar en
la plaza porque ya no tomó su propia supervivencia como criterio de fe. Se
volvió testigo de la resurrección; y ser testigo significa no ocultar lo que se
ha visto. David Jang afirma: “Dar testimonio no es transmitir conocimiento; es
exponer la propia existencia”. Cuantas más cosas ocultamos, menos hablamos;
quien ha probado la gracia, en cambio, habla más. Esa palabra no es autoelogio:
es declarar ante el mundo lo que Dios ha hecho. Y esa palabra siempre debe
caminar junto con el amor. Si la valentía pierde el amor, se transforma no en
firmeza, sino en violencia. La valentía que da el Espíritu no busca vencer al
otro; busca salvar al otro.
También el tema de las lenguas, en la predicación de David
Jang, evita los desequilibrios. No exagera las lenguas hasta convertirlas en
una tabla de rangos espirituales, ni las ridiculiza para borrar lo sobrenatural
del Espíritu. Las lenguas son un don que aparece bajo la soberanía del
Espíritu, y su propósito es edificar la Iglesia y dar testimonio del evangelio.
El núcleo es “la gracia de poder decir lo indecible”. Muchas veces el ser
humano conoce la verdad, pero calla por miedo. El Espíritu rompe ese silencio y
traslada el temor reverente del corazón al lenguaje. Y ese lenguaje siempre
apunta a la comunidad. Si las lenguas quedan como una experiencia mística
privada y secreta, se detienen en el aposento alto; cuando el lenguaje del
Espíritu se traduce en amor al prójimo, la plaza se abre. David Jang dice:
“Aunque el fuego del Espíritu repose sobre la lengua, al final hace moverse los
pies”, y recalca que la autenticidad de la experiencia espiritual se verifica
en “la dirección de la misión”. En la época actual existe otra forma de Babel.
El lenguaje del logro —más alto, más, más rápido— fragmenta el alma; viste la
comparación y la ansiedad con una lógica sofisticada; y termina por convertir
las relaciones en consumibles. El Espíritu también puede leerse como quien
derriba esa torre. El Espíritu nos hace hablar no el “idioma del éxito”, sino
el “idioma de la gracia”; no el “idioma de la comparación”, sino el “idioma de
la gratitud”; no el “idioma del odio”, sino el “idioma de la hospitalidad”.
Una de las expresiones que David Jang usa con frecuencia
es: “El Espíritu teologiza la geografía y geografiza la teología”. Los nombres
de regiones enumerados en Hechos 2 no son una guía turística; son coordenadas
hacia las que el evangelio se dirigirá. Que existan muchas lenguas no es un
simple dato; es una declaración de que Dios no encerrará la historia de la
salvación en el acento de un solo pueblo. Y esa declaración se aplica hoy del
mismo modo a las ciudades y a los espacios en línea. El aposento alto y la
plaza ya no son solo edificios antiguos. El aposento alto moderno puede ser la
habitación de gustos construida por un algoritmo, la habitación de aislamiento
que produce la ansiedad, o la habitación de ruptura relacional que deja una
herida. Y la plaza moderna puede ser no solo la plaza de la calle, sino también
redes sociales, streaming, comunidades, el trabajo, la escuela y la mesa del
hogar. David Jang dice: “El evangelio no santifica el lugar; hace que, por
medio de las personas, el significado del lugar se reescriba”. Cuando llega el
Espíritu, el creyente deja de usar solo “espacios seguros” como escenario de
fe, y practica testimonio y amor allí donde Dios lo envía. Esa práctica no
siempre toma la forma de grandes campañas. Puede ser la actitud de respetar al
otro en lo cotidiano, el coraje de sostener la honestidad en un negocio, la
decisión de no ignorar la necesidad del vecino pobre, la sabiduría de elegir
reconciliación en vez de silencio cuando la ira arde. Cuando esas decisiones se
acumulan, la Iglesia vuelve a ganar confianza en la plaza.
En este marco, la insistencia de David Jang —o del pastor
Jang Dawit— en la dimensión pública de la Iglesia no es agitación política,
sino visibilidad del evangelio. La iglesia primitiva no tomó el poder, pero se
convirtió en la conciencia de la ciudad. Cuidó de los pobres, abrazó a los
enfermos, se llamó familia, y cantó incluso frente a la muerte. Su valentía no
fue una fuerza para aplastar, sino una fuerza de amor que se entrega. La plaza
siempre está llena de ruido, de malentendidos, y a veces de burla y
persecución. Y, sin embargo, los discípulos pudieron salir a la plaza porque el
Espíritu sembró en su interior “otro temor”. Cuando el temor a las personas se
transforma en temor reverente a Dios, el ser humano se vuelve libre. La
reverencia no es pánico; es sentido de dirección. Cuando sé ante quién estoy,
la mirada del mundo deja de ser el juez final. Vivir ante el Dios trino no
empequeñece al creyente; lo ensancha. Al confiar en la voluntad del Padre,
aferrarse a la cruz del Hijo y seguir la guía del Espíritu, la Iglesia recupera
una imaginación que supera el cálculo de la autoprotección y vuelve a servir al
mundo.
La predicación de David Jang, al final, converge en una
sola frase: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. Esta
declaración es conclusión teológica y, a la vez, invitación existencial. “Todo
aquel” coloca a todos en la puerta; “invoque” abre la boca humana; y “salvo”
garantiza que esa invocación no es en vano. La salvación no es solo un seguro
para después de la muerte; es un acontecimiento en el que la vida presente
vuelve a pertenecer a Dios y recupera sentido. Por eso, David Jang explica el
paso “del aposento alto a la plaza” no como un simple traslado físico, sino
como un traslado de identidad: de una identidad que se esconde a una identidad
que se revela; de una identidad que trababa la puerta por miedo a ser arrestada
a una identidad que abre la puerta por amor; de una identidad encerrada en su
propio idioma a una identidad que aprende el idioma del otro. Y en el centro de
ese movimiento siempre está el don del Espíritu. El Espíritu no es el
lubricante de un sistema religioso creado por humanos; es el aliento de Dios
que recrea al ser humano.
La razón por la que hoy volvemos a leer Hechos 2 no es
porque aquel acontecimiento solo haya quedado como un registro del pasado. Más
bien, ese acontecimiento es un espejo que pregunta con qué comenzó la Iglesia y
con qué se sostiene. La Iglesia no empezó con un edificio. Empezó con fuego,
viento y lenguaje; y con arrepentimiento y bautismo. La Iglesia no es una
comunidad que nació porque el miedo desapareció; nació como comunidad de
personas que, incluso en medio del miedo, confiaron en Dios. Justo aquí David
Jang diagnostica una crisis de la fe contemporánea. A menudo soñamos con una
“religión segura”, deseamos una fe sin conflictos, y apostamos todo a una paz
interior privada como si eso fuera la totalidad de la fe. Pero el Espíritu no
nos encierra solo en el interior. El Espíritu sana el interior, sí, pero empuja
ese interior sanado de nuevo hacia el mundo. La oración del aposento alto
conduce a la proclamación en la plaza; la proclamación en la plaza conduce al
cuidado comunitario; y el cuidado comunitario conduce a la misión hacia las
heridas del mundo. Cuando este ciclo se rompe, la Iglesia se reduce a un club
centrado en sí mismo; cuando el ciclo se restaura, la Iglesia vuelve a ser “una
comunidad para el mundo”. En definitiva, el Espíritu nos pregunta: ¿sigues con
la puerta cerrada, o estás listo para abrirla y salir?
La “era del Espíritu” de la que habla David Jang —como él
mismo enfatiza repetidamente bajo el nombre de pastor Jang Dawit— no es una
expresión para romantizar una época específica. Es un presente continuo que
sigue vigente. Pentecostés no fue un único fuego artificial; es el modo de
respirar que Dios confió a la Iglesia. Por eso, en cada generación volvemos a
aprender el arrepentimiento, volvemos a aferrarnos al sentido del bautismo y
volvemos a pedir el don del Espíritu. Arrepentirse no es lamentar el pasado; es
confiar el futuro a Dios. El bautismo no es solo entrar en el agua; es entrar
en un nuevo orden de vida. El don del Espíritu no es decoración de la fe; es el
poder de vida que sostiene esa decisión. Cuando ese poder está presente, el
creyente no divide su vida en compartimentos. Trabajo e Iglesia, familia y
culto, economía y espiritualidad se integran bajo una sola dirección. La
comunidad económica de la iglesia primitiva en Hechos 2 anticipa, en último
término, qué es “la economía del Reino de Dios”: donde la posesión no es fin,
sino medio para amar; donde la capacidad no se mide por acumular, sino por
compartir. David Jang afirma que ese orden no es idealismo, sino una realidad
posible cuando el Espíritu realmente cambia las manos y la billetera, la mesa y
el horario de las personas. Lo que se necesita no es exhibición de alguien,
sino una sensibilidad comunitaria que perciba las necesidades de los demás y
una capacidad de actuar en respuesta. Esa capacidad de actuar no brota como
magia de un momento a otro. Es el corazón cultivado en el ritmo de Palabra y
oración, comunión y mesa, el que finalmente cambia hasta la dirección de lo
material.
Que la pequeña reunión nacida en el aposento alto de Marcos
fluyera hacia la plaza y cambiara el mundo no fue porque tuvieran una
organización más poderosa. En realidad eran frágiles, de trasfondo humilde.
Pero creyeron la promesa, y a quienes creen la promesa les vino el Espíritu. Y
cuando viene el Espíritu, la Iglesia aprende a hablar no el “idioma del miedo”,
sino el “idioma de la gracia”. El idioma de la gracia sabe que, antes de
condenar al otro, uno debe enfrentar su propio pecado; y que solo quien enfrenta
su propio pecado puede abrazar de verdad al prójimo. El idioma de la gracia
levanta no la propia justicia, sino la cruz de Cristo; y cuando la cruz se
alza, el miedo humano deja de tener la última autoridad. La predicación de
David Jang termina dejándonos una pregunta: ¿en qué aposento alto nos estamos
escondiendo hoy, y hacia qué plaza nos está enviando el Espíritu? Frente a esa
pregunta volvemos al lugar de “invocar el nombre del Señor”. Invocar no es solo
rezar; es declarar una dirección. Invocar el nombre del Señor significa mover
el centro de mi vida: del centro de mi autosuficiencia a la promesa de Dios;
del centro de mis cálculos a la gracia de Dios; del centro de mis temores a la
valentía del Espíritu. Cuando ese desplazamiento comienza, por fin podemos
cruzar el miedo del aposento alto y salir caminando hacia la valentía de la
plaza. Y ese camino nunca se completa solo con decisión humana. Cuando el
Espíritu acompaña, la Iglesia renace y el creyente vuelve a vivir.
















