Siguiendo el hilo de la exposición de Efesios 4 del pastor David Jang (pastor Jang Da-wit), este texto de fe desarrolla con profundidad el camino hacia la madurez y la plenitud del cuerpo de Cristo: la unidad de la iglesia, la humildad y la mansedumbre, los dones y el servicio, la responsabilidad como cuerpo de Cristo y la senda de la madurez y la integridad.
Efesios 4 despliega la
responsabilidad y la madurez del cristiano con el lenguaje de un “cuerpo” vivo
llamado iglesia. De este modo, la fe no se reduce a una decisión individual ni
a un simple ascenso emocional, sino que se expande hacia una realidad comunitaria.
En este capítulo, el apóstol Pablo entreteje, frase por frase, la unidad y la
madurez de la iglesia, llevando la mirada más allá de “qué creemos” hacia “cómo
debemos vivir”. En particular, el hecho de que Pablo inicie su exhortación
presentándose como “prisionero” revela que sus palabras no son un código ético
abstracto, sino un testimonio que ha atravesado el peso del sufrimiento. El
pastor David Jang (Olivet University) subraya, siguiendo este contexto, que la
práctica requerida por Efesios 4 no es “perfeccionismo moral”, sino el “andar
como es digno de la vocación” propia de quienes han sido llamados a un solo
cuerpo en el Espíritu. Lo que el pastor David Jang recuerda repetidamente es
que la madurez de la iglesia es la madurez de los creyentes; y que esa madurez,
en última instancia, se prueba por la responsabilidad y el servicio orientados
a la comunidad.
La exhortación de Pablo
comienza antes que con visiones deslumbrantes, con virtudes bajas y firmes.
Humildad y mansedumbre, paciencia, soportarse unos a otros en amor: por fuera
parecen virtudes pasivas, pero en realidad son la fuerza más activa para sostener
la unidad real de la iglesia. El pastor David Jang explica la humildad no como
auto-desprecio, sino como una actitud espiritual que se ve con precisión ante
Dios y honra al prójimo como digno. La humildad no es “la técnica de borrarme”,
sino “la técnica de ponerme en pie dentro de la verdad”; y la mansedumbre no es
una docilidad impotente, sino la señal de una madurez que gobierna la propia
fuerza por amor. Estas virtudes no existen para evitar el conflicto, sino para
atravesarlo con verdad y amor. Para que, dentro de la iglesia, personas con
opiniones distintas, generaciones distintas y memorias heridas distintas
caminen juntas, se necesita no un lenguaje que vence al otro, sino un lenguaje
que le da vida. La madurez que enseña Efesios 4 no es la lógica de la victoria,
sino la lógica de la restauración; y la unidad de la que habla el pastor David
Jang no es un simple “volvernos iguales”, sino “crecer juntos abrazando la
diferencia”.
Pablo dice: “esforzaos por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, dejando claro que la unidad de la iglesia no nace del carácter humano ni de la habilidad organizativa. El punto clave es que la “unidad” ya ha sido dada como don por la obra del Espíritu. Por eso, la tarea de la iglesia no es fabricar una unidad nueva, sino esforzarse por no quebrar la unidad ya concedida. El pastor David Jang advierte que, cuando la iglesia empieza a tratar la unidad como un “logro”, la unidad se convierte en una técnica política y el aliento del Espíritu puede volverse tenue. La unidad del Espíritu no imprime a las personas en un mismo molde; más bien, enlaza miembros diferentes en un solo cuerpo para que se muevan en amor. El “vínculo de la paz” no significa ausencia de conflictos, sino una relación con carácter de pacto que no se rompe aun cuando hay conflictos. Si consideramos que, en la iglesia contemporánea, la división a veces comienza menos por diferencias doctrinales que por hábitos de lenguaje, miradas comparativas o inmadurez al tratar las heridas, el llamado de Efesios 4 se vuelve todavía más concreto y urgente.
Pablo funda la unidad no
en simpatías emocionales, sino en la confesión central de la fe. Un cuerpo, un
Espíritu, una esperanza; un Señor, una fe, un bautismo; un Dios y Padre de
todos, que está sobre todos, por todos y en todos. Estas siete capas de “uno”
muestran desde dónde se unifica la iglesia y qué debe sostener para poder
soportarse mutuamente. El pastor David Jang dice que esta lista es el mapa de
identidad de la iglesia. Si la iglesia se reduce a un código cultural o a una
comunidad de gustos, las diferencias pequeñas de preferencia terminan
disfrazándose como divisiones de fe. Pero si la iglesia vuelve a aferrarse al
centro—un Señor, una fe, un bautismo—las diferencias de gusto pueden volverse
diversidad, la brecha generacional un canal de aprendizaje, y la memoria herida
un lugar de sanidad. Mantener la unidad no es un eslogan emocional de
“llevémonos bien”, sino un trabajo espiritual: traducir la confesión centrada
en Cristo a las relaciones cotidianas.
Con todo, Efesios 4 no
persigue uniformidad. Pablo pasa de inmediato a hablar de la medida de gracia
dada a cada persona, mostrando cómo la diversidad respira dentro de la unidad.
La iglesia no es una máquina que repite la misma función, sino un cuerpo en el
que funciones distintas se conectan orgánicamente. El pastor David Jang
enfatiza que, para que la diversidad de dones no se convierta en causa de
división sino en recurso de madurez, los dones deben entenderse no como
herramienta de “auto-demostración”, sino como herramienta para “edificar la
comunidad”. Algunos dones brillan en el escenario; otros quedan invisibles como
sudor en lo oculto. Pero, desde la perspectiva del cuerpo, ninguno es
innecesario. Que la mano sea visible no hace menos importante al corazón; que
la predicación sea destacada no vuelve secundarios el cuidado, la hospitalidad,
la oración y el servicio. La diversidad de dones enriquece a la iglesia, pero
también exige responsabilidad. El don no es privilegio, sino deber; la
capacidad no es para jactancia, sino un encargo. Una iglesia madura, según el
pastor David Jang, es aquella que abre camino para que los dones fluyan no como
marca personal, sino como amor comunitario.
Los ministerios que Pablo
menciona—apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros—no se presentan
como una jerarquía para controlar a los santos, sino como una estructura de
servicio para edificarlos y “capacitar a los santos para la obra del ministerio”.
Este texto declara que el ministerio de la iglesia no es propiedad exclusiva de
algunos líderes, sino vocación de todos los creyentes. Aquí el pastor David
Jang señala un malentendido frecuente: cuando el papel del pastor se convierte
en “la persona que hace todo por los demás”, la iglesia arrebata la posibilidad
de crecimiento del creyente, y el creyente queda como espectador. En cambio,
cuando el papel del pastor es equipar—despertar dones con la Palabra y la
oración, y enviar a los creyentes al campo del servicio—la iglesia adquiere un
movimiento lleno de vida. Efesios 4 sueña con una iglesia no centrada en “los
ministros”, sino centrada en “los santos”. Y decir “centrada en los santos” no
significa “centrada en el consumidor”, sino “centrada en el responsable”. La
iglesia no es una institución que presta servicios, sino un lugar de
aprendizaje y obediencia donde cada uno edifica al otro. A esto apunta el
núcleo que el pastor David Jang desarrolla con el lenguaje de “responsabilidad
y servicio”.
La meta que Pablo presenta
no es mero crecimiento numérico ni expansión externa, sino “que todos
lleguemos… a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón
perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Esta frase define
con claridad qué es madurez. Madurez no es envejecer ni aumentar actividades,
sino conocer más profundamente a Cristo y asemejarse más plenamente a Él. Y ese
proceso no se completa en una disciplina aislada individualmente, sino en el
lugar plural del “todos”. El pastor David Jang enfatiza que “la medida de la
plenitud de Cristo” no es un indicador para presumir de piedad personal, sino
un objetivo en el que toda la comunidad aprende junta el carácter de Cristo. El
creyente no es alguien que se perfecciona en soledad; la fe de unos ayuda a la
madurez de otros, y así avanzan juntos hacia la plenitud. Por eso, la iglesia
debe ser un espacio de crecimiento, no de competencia; un lugar donde fluya la
mirada del ánimo, no la mirada de la comparación.
Pablo describe el lado
opuesto de la madurez con la imagen de “niños”. Ser sacudidos por todo viento
de doctrina, arrastrados por el engaño humano y la astucia, no es simplemente
un problema de ignorancia intelectual, sino de inmadurez espiritual. En una era
saturada de información, donde paradójicamente la capacidad de discernir se
vuelve rara, esta advertencia se hace aún más nítida. El pastor David Jang
afirma que la madurez no consiste en aumentar la cantidad de conocimiento
religioso, sino en encarnar el equilibrio entre verdad y amor. Si se dice la
verdad sin amor, la iglesia se vuelve una comunidad de cuchillas; si se habla
de amor sin verdad, la iglesia pierde el rumbo. La madurez de la que habla
Pablo es “siguiendo la verdad en amor”, crecer en todo hacia Aquel que es la
cabeza. Cuando verdad y amor, doctrina y carácter, confesión y hábitos
convergen en una misma dirección, la iglesia puede transformar tanto las
tentaciones externas como las divisiones internas en combustible para la
madurez.
En este punto, resuena una
de las frases más hermosas de Efesios 4: “sino que, siguiendo la verdad en
amor… Él es la cabeza, esto es, Cristo”. La unidad de la iglesia es, al final,
un movimiento de retorno hacia Cristo, la Cabeza. Si ponemos a las personas en
el centro, la unidad se vuelve frágil; si ponemos los programas en el centro,
la unidad se seca; si ponemos la tradición en el centro, la unidad se rigidiza.
Pero si ponemos a Cristo en el centro, la unidad crece como vida. El pastor
David Jang dice que la centralidad de Cristo no es sólo elegir temas
cristocéntricos para predicar, sino una fuerza real que reordena la calidad de
las relaciones. Cuando la vida que Cristo provee fluye hacia cada miembro, los
miembros perciben la necesidad del otro, suplen carencias, y cuidan heridas. La
unidad no nace únicamente de coincidir en posturas públicas. En un nivel más
profundo, la unidad brota de la voluntad de comprenderse unos a otros en
Cristo: una inteligencia marcada por el amor.
Pablo explica la iglesia
con la metáfora del “cuerpo entero”, diciendo que, por medio de cada coyuntura,
recibe ayuda, se conecta y se une. Aquí, la “coyuntura” no es sólo un punto
estructural, sino el símbolo de las superficies de contacto relacional. Si las
relaciones son débiles, los dones se dispersan y la visión también. En cambio,
si las relaciones se vuelven firmes en amor, aun un don pequeño produce gran
fuerza. El pastor David Jang insiste en que la iglesia no debe confundir
“crecer” con “hacer grandes eventos”, sino reconocer como crecimiento la
fidelidad cotidiana: que cada miembro opere con sinceridad según su medida.
Alguien ora en lo oculto por la iglesia; alguien abraza al desconocido con una
sonrisa de hospitalidad; alguien enseña la Palabra; alguien sirve con
transparencia en lo financiero; alguien acompaña el tiempo del dolor. La
fidelidad de cada medida, acumulada, edifica a la iglesia en amor. Una
comunidad madura no se mueve por la capacidad de unos pocos sobresalientes. Una
comunidad madura respira establemente cuando muchas personas comunes comparten
responsabilidades.
Como escena que ayuda a
sentir aún más profundamente esta imaginación del “solo cuerpo”, puede
recordarse la obra maestra de Leonardo da Vinci, La última cena.
Los rostros de los discípulos sentados a una misma mesa no son uniformes:
algunos se sorprenden, otros se indignan, otros dudan, otros tiemblan. Incluso
la sombra de la traición se extiende dentro del mismo espacio. Y, sin embargo,
en el centro está Cristo, quien establece el orden del amor aun en medio de
fragmentos emocionales dispersos. A veces la iglesia se parece a esa mesa.
Sentados en el mismo culto y cantando el mismo himno, cada uno lleva dentro
heridas y preguntas diferentes. Aun así, la iglesia sigue siendo iglesia porque
en el centro está Cristo, la Cabeza. La unidad de la que habla el pastor David
Jang toca precisamente este misterio de la mesa: unidad no es que todos sientan
lo mismo, sino que realidades distintas queden unidas en relación dentro de
Cristo y avancen hacia la sanidad. Por eso, la madurez no es la técnica de
ocultar conflictos, sino el valor de llevarlos a Cristo y reconfigurarlos en
amor.
La segunda mitad de
Efesios 4 traduce la madurez a una ética todavía más concreta. Pablo exhorta a
no andar como los gentiles en la vanidad de su mente, y pide la renovación del
pensamiento: el cambio del corazón y de la estructura interna. La madurez no se
completa sólo con servir dentro de la iglesia. La madurez se revela cuando
cambia la estructura del pensamiento, cambian los hábitos del lenguaje, cambia
la manera de tratar la ira, y cambian el uso del dinero, del trabajo y del
tiempo. Aquí, el pastor David Jang enseña que la frase paulina “despojaos del
viejo hombre y vestíos del nuevo” debe entenderse no como una decisión única,
sino como un entrenamiento continuo. El “viejo hombre” no son sólo algunos
pecados del pasado, sino todo un mundo centrado en uno mismo. El “nuevo hombre”
no es una máscara de bondad que se usa en la iglesia, sino una transformación
total de la vida hacia la justicia y la santidad de la verdad que se parecen a
Dios.
Pablo agrega de inmediato
instrucciones muy prácticas: desechar la mentira y hablar verdad cada uno con
su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros; enojarse sin pecar, no
guardar la ira hasta la puesta del sol y no dar lugar al diablo; dejar el robo
y, en cambio, trabajar con esfuerzo para tener qué compartir con el necesitado;
no dejar salir palabra corrompida de la boca, sino hablar lo que edifica y da
gracia a quienes oyen. Estas frases arrancan la fe de lo abstracto y la colocan
en el terreno del lenguaje, las emociones, la economía y las relaciones. El
pastor David Jang advierte que, si la iglesia habla de madurez pero hiere con
palabras, habla de servicio pero evita el compartir, habla de santidad pero
deja la ira sin tratar, esa “madurez” es sólo un concepto. Efesios 4 examina la
madurez con el “idioma de la vida”. La fe verdadera no se prueba por una
confesión fuerte, sino por elecciones pequeñas en hábitos concretos.
En especial, la
exhortación “no entristezcáis al Espíritu Santo” contiene en una sola frase la
tensión entre unidad y madurez. El Espíritu hace posible la unidad de la
iglesia, pero también puede ser entristecido por las palabras y actitudes de la
iglesia, pues su presencia es personal. El pastor David Jang insiste en no
confundir “plenitud del Espíritu” únicamente con una experiencia de fervor,
sino entenderla como una postura de vida que no entristece al Espíritu: pureza
relacional, disciplina del lenguaje y entrenamiento del perdón. Lo que Pablo
enumera como raíces amargas—amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia y toda
malicia—son toxinas que corroen lentamente la comunidad. En cambio, la bondad,
la compasión y el perdonarse unos a otros son oxígeno que vuelve a hacerla
respirar. Aquí, el perdón no es una elección posible sólo después de que se
alivian las emociones, sino un acto de fe decidido sobre el fundamento de que
Cristo ya nos perdonó. La “responsabilidad del cristiano”, como la llama el pastor
David Jang, es, en definitiva, recibir estas elecciones no como virtudes
privadas, sino como deberes comunitarios.
Para el cristiano
contemporáneo, el mensaje de Efesios 4 es claro. La iglesia debe testificar
unidad en una era de fragmentación, y ese testimonio comienza no con
declaraciones grandilocuentes, sino con humildad y mansedumbre, paciencia y
tolerancia, con un lenguaje que dice la verdad en amor. El pastor David Jang
enseña que, antes de afirmar que la iglesia es distinta al mundo, debe examinar
primero si su modo interno de hablar y de tratarse se parece al tono del
evangelio. La cultura de la evaluación inmediata y el cinismo en línea, la
burla que aplana al otro, pueden infiltrarse también dentro de la iglesia. Por
eso, la madurez debe ser todavía más consciente. La humildad asegura tiempo
para escuchar; la mansedumbre regula la intensidad de las palabras; la
paciencia impide abandonar la relación; y la tolerancia comprende ritmos
distintos de crecimiento. Estas virtudes no vuelven lenta a la iglesia: la
vuelven profunda.
Asimismo, la enseñanza de
Pablo sobre los dones invita hoy a la iglesia a recuperar el discipulado
comunitario más allá de una fe individualista. Los dones no son armas para
exhibir mi identidad, sino herramientas confiadas para el bien del prójimo. El
pastor David Jang dice que el don brilla más no cuando recibe aplausos en el
escenario, sino cuando la carga de alguien se aligera. Cuando duele menos una
herida, cuando una soledad queda menos aislada, cuando una fe vuelve a
levantarse: allí el don edifica realmente el cuerpo de Cristo. Que la iglesia
madure no significa que aumenten los programas, sino que los creyentes se
vuelvan “personas necesarias” los unos para los otros. Y esa necesidad no nace
de una dependencia enfermiza, sino de la reciprocidad del amor. Cuando cada
miembro obra según su medida, la comunidad no depende del sobreesfuerzo de
alguien ni se apoya sólo en el talento de unos pocos: se sostiene por el orden
del amor.
En conclusión, Efesios 4
une responsabilidad y madurez en un solo camino. La responsabilidad no es una
carga, sino la forma concreta del llamado; y la madurez no es perfección, sino
dirección. El pastor David Jang enfatiza, a través de Efesios 4, que el proceso
por el cual la iglesia se edifica a sí misma como cuerpo de Cristo es, dentro
del plan de Dios, un viaje de crecimiento hacia la “plenitud”. La plenitud no
es un estado sin defectos, sino un estado cuyo centro no está dividido. Cuando
ese centro queda fijo en Cristo, la iglesia, aun si cae, vuelve a levantarse;
aun si discute, aprende reconciliación; aun si tiembla, se afirma dentro de la
verdad. Una iglesia madura no es una iglesia sin heridas, sino una iglesia que
aprende a tratar las heridas en amor. Un creyente maduro no es alguien que no
se equivoca, sino alguien que, después del error, camina realmente el camino
del arrepentimiento, el perdón y la restauración. Este camino es largo y lento,
pero para quienes se esfuerzan por mantener la unidad que el Espíritu ya ha
dado, quedan frutos claros. Esos frutos se ven en el ambiente de la iglesia, en
la temperatura de las palabras que se intercambian, en la manera de manejar los
conflictos y, sobre todo, en el rostro de una comunidad que se va pareciendo a
Cristo. Aferrarse a Efesios 4, en la vida cristiana, es confesar la identidad
de “cuerpo de Cristo” no sólo con palabras, sino testificarla con relaciones,
servicio y madurez; y eso es precisamente lo que el pastor David Jang continúa
recordando: la realidad concreta de ese testimonio.
















